Un Policía, inspeccionando un equipo informático.
Un Policía, inspeccionando un equipo informático.

Hoy en día, y como consecuencia de la libertad de expresión que nos conceden las redes sociales, los medios digitales y demás avances tecnológicos en materia de comunicación transversal, han aparecido actitudes e instintos que estaban escondidos en los libros de psicología y psiquiatría de finales del siglo XIX.

Centrando y ordenando el fondo de esta columna de opinión, me quiero referir a todos los individuos que invaden estos foros sin identificarse y normalmente utilizando sobrenombre con la única intención de hacer daño por necesidades personales obsesivas e incluso psicópatas.

Esta “gentuza” tiene ya su propia clasificación en función del daño que hagan o quieran hacer, porque no hay que olvidar que el destinatario del “ataque” puede decidir si éste es doloroso o por lo contrario halagador: “Ladran, luego cabalgamos”.

Básicamente y por orden de maldad están clasificados en: ciberacosadores, haters y troles.

Los ciberacosadores son profesionales del acto de insultar, amenazar y destruir con repetitividad la vida o profesión de su acosado. Esta práctica puede ser considerada delito con penas de cárcel.

Los segundos, llamados haters, son individuos envidiosos de los bienes o aptitudes de su acosado y normalmente tras su anonimato suelen difamar, descalificar y mostrar su odio patológico hacia su presa.

Y en tercer lugar están los más débiles y penosos personajes, llamados troles, éstos se conforman con molestar, provocar y reírse de su “sufridor”.

En los tres casos antes identificados hay en común una fuente de agresión llamada en psicología Instinto de Destrudo, que indica en función del grado de la enfermedad la finalidad del empleo de una energía de impulso destructivo y traumático.

A todo esto le añadiría de mi cosecha propia que estos personajes gozan de “mini orgasmos analógicos” como fenómenos electromagnéticos sin el empleo de la técnica digital, o vulgarmente llamada “el cinco contra uno”.

En definitiva, son unos seres cobardes, degenerados, acomplejados, enfermos y peligrosos, su finalidad antinatural y demoniaca es atacar por detrás con nocturnidad y alevosía (suelen escribir de noche, porque de día se avergüenzan de su propia sombra).

Como referencias de la peligrosidad del ciberacoso que practica esta escoria, conocemos el suicidio de la adolescente Amanda Todd, viralizado en 2012, y muy recientemente el despido de su trabajo como entrenador del Málaga Club de Fútbol de Víctor Sánchez del Amo. Si buscamos en internet hay miles de casos de sufrimiento de todos los niveles a causa de esta actitud maléfica.

Desde esta columna animo a estos “enfermos patológicos” que se pongan en contacto “siempre anónimo”, con la Asociación Stop Haters, la primera nacida en España, sin ánimo de lucro contra el hostigamiento en Internet y allí confesar sus “pecados secretos” ante el equipo de profesionales formado por abogados, informáticos y psicólogos.

Y al nuevo Gobierno progresista le pido y exijo que el ciberacoso se tipifique en el Código Penal de España, con carácter de urgencia y penas muy duras.

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