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Qué guapa vienes hoy, Inés. Muchas gracias Manolo, responde Inés con una sonrisa. Un compañero de trabajo que se sienta junto a la entrada la saluda así cada día al entrar en la oficina. Su compañero de mesa, Antonio, también como cada día, la saluda. Qué bien te queda ese vestido, le comenta un día cuando hay vestido. Qué bien te queda ese pantalón. O qué bien esa blusa. Y ella siempre responde, gracias Antonio, con una sonrisa. A las nueve de la mañana, también como cada día, reunión con el jefe de departamento, Joaquín. Joaquín, más que de comentarios, es de miradas. Al pecho, al culo. Sin ningún disimulo, vaya. Es tan descarado que a Inés le da pudor. O vergüenza ajena. Pero no dice nada. Sonríe. Se sonroja. Es el jefe y tampoco quiere causar una mala impresión. No es para tanto, se dice. Inés tiene 25 años y le ha costado dos licenciaturas, un máster, una beca Erasmus y dos idiomas pasar un proceso de selección de dos meses y más de 100 candidatos.

Cuando vuelve a su asiento, como es costumbre, tiene ya un correo electrónico de otro compañero, Alberto. Alberto le escribe mensajes un poco subidos de tono. Tiene 45 años, mujer y dos hijos. Pero al parecer eso da lo mismo. La descripción somera de cómo se siente al verla (temperatura corporal y demás), el ofrecimiento en ayudarla en sus tareas del trabajo o la insistencia en invitarla a cenar, a una copa o a un hotel, sin duda hace tiempo que se han convertido en una rutina semanal para Alberto quien, apostado tras el ordenador, apenas levanta la cabeza cuando ella pasa por su lado. En sus conversaciones, eso sí, presume de padre de familia y esposo abnegado. Sobre su mesa brilla reluciente la correspondiente foto familiar. Quién diría lo ardiente que se muestra Alberto en la privacidad de un correo electrónico.

En el rato del desayuno, Inés, acude con otros compañeros a una cafetería cercana. La conversación es animosa mientras disfrutan del café y el pincho de tortilla correspondiente. Hoy Diego cuenta entre bromas y charcarrillos la última cita con el joven ligue que ha conocido por las plataformas on line de contacto y cómo queda con ella a espaldas de su pareja. “Yo creo que se huele algo porque me ha preguntado dos o tres veces”, explica, casi orgulloso. Pero la fanfarria de difundir su éxito de semental ibérico es mucho más importante que la felicidad o la desgracia de su compañera, o eso parece. Inés los escucha silenciosa. Se siente un poco ofendida pero para qué decir nada. Total, nada va a cambiar.

De repente, una noticia en la tele del bar  llama poderosamente la atención de todos. Una periodista anuncia un nuevo caso de violencia de género, un asesinato por apuñalamiento a sangre fría en una localidad cercana. Ha sido en plena calle y a la vista de todos. La crudeza de las imágenes sobrecoge a todos los presentes. Sobrecoge a Inés. Y Diego comenta: “Hay que ver qué de locos quedan sueltos todavía, hacerle eso a una mujer”. El resto de los presentes, Manolo, Antonio, Joaquín, Alberto y otros tantos, asienten con rotundidad. Por supuesto, se lamenta Inés mirándolos a todos. “Ni me imagino de donde vendrá esta locura”, piensa.

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