Oriol Junqueras con el presidente catalán, Pere Aragonés.
Oriol Junqueras con el presidente catalán, Pere Aragonés.

Las preocupaciones serias del momento son seguramente tres: ¿cómo va a ser la nueva situación tras la pandemia?, ¿cómo vamos a manejar la catástrofe ecológica que se nos avecina? Y ¿cómo queremos abordar la concreta situación política en España, también en perspectiva de la salida de la pandemia y la toma en consideración, en serio, de la catástrofe ecológica?

Creo que en este momento debemos mirar a Andalucía y a Cataluña para comprender la situación general y tratar de resolver los graves problemas del modo más democrático. En Andalucía nos enfrentamos, una vez más, a la desindustrialización de la Bahía de Cádiz, con las severas consecuencias de pobreza que provoca, y la reducción de toda una región y su sociedad a practicar como camareros si se puede, dado que a la vista de los riesgos de pandemia y de la catástrofe ecológica, el turismo debe ser repensado radicalmente, por mucho que ahora se haga como que todo vuelve a su cauce. Nada vuelve a un punto anterior.

Es la desindustrialización, pero a la vez es la recentralización, a Madrid, que lo que vaya quedando de Airbus o lo que en el futuro sea.

En Catalunya es la rivalidad Madrid-Barcelona la que mantiene la tensión y la falta de coraje para resolver el grave problema sobrevenido. La recentralización se esconde en la sombra del problema, no olvidemos que su origen está en el nuevo Estatut de Catalunya, pero bajo la mesa fluye la intensa rivalidad del poder económico, también.

La política se ha estancado en España por culpa de una actitud de permanente enfrentamiento y rivalidad entre la España centralista, única y lo más uniforme posible, heredada de un franquismo todavía no resuelto, y la necesidad, también económica, de la articulación federal de las Españas. Lo decía Antonio Machado, andaluz, Castilla miserable, ayer dominadora,/ envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora./.

Yo me pregunto si la candidata al Congreso Mundial de la Lengua Española no fuera Cádiz sino Madrid, por ejemplo, cuánto se hubiera ya escuchado sobre el asunto y lo conocido que ya sería. Ahora resulta más interesante, parece, que Sevilla vaya a querer construir, veremos, el teleférico más ampuloso del mundo. Porque, lamentablemente, las estructuras de centralismo de España, se han reproducido en casi todas las Comunidades Autónomas. No en todas, Euskadi tiene un sistema interno federal que impide ese centralismo.

Después de lo vivido con Cataluña, nuestra preocupación general debería ser preguntarnos y averiguar qué ocurrió y por qué, sin llevar escrita la respuesta antes de empezar a buscar. El Gobierno de Rajoy fracasó, y antes había fracasado el PP atacando el nuevo Estatut del modo en que lo hizo. El PSOE de Rodríguez Zapatero tampoco supo encontrar la verdadera solución al problema, que en mi opinión pasaba por abrir un debate general sobre la situación del federalismo en España. Hubo temor, y el miedo no guarda la viña, la pudre. Sobre todo hubo temor a que las derechas pudieran imponer una recentralización de España, que nos hubiera llevado a la ruina económica, eso sí, a todos juntitos y de la mano.

Si comprendemos que no podemos resolver tres problemas esenciales al mismo tiempo, decía Ortega y Gasset que solo se pueden perseguir dos ideas simultáneamente en una conversación, debemos resolver el problema territorial lo mejor posible y cuanto antes. Esto nos obliga a resolver la situación de Catalunya con la vista puesta en todos los errores cometidos y en la necesidad de una solución justa y democrática para todos. Están bien las pasiones, las que no conducen a la ceguera. La ceguera no es pasión, es locura, es dejar que lo turbio llene nuestro entendimiento y nos lancemos, sin necesitar la ayuda de nadie, por el precipicio. La pasión impide, en realidad, disfrutar de lo que decimos amar. La pasión, diría yo, en estos términos es una irresponsabilidad y de buena no tiene nada.

Sin pasión podremos ver que con Cataluña se cometieron demasiados errores y que resolver el problema con Cataluña es resolver un problema de todøs. Espero que los estrategas políticos de la Moncloa, y la mayoría parlamentaria que sostiene a este Gobierno, hayan comprendido que Cataluña ha sido el síntoma más llamativo de un malestar que recorre España desde hace décadas y empieza a materializarse. Que España no tiene el problema Catalunya-Euskadi, sino el problema Castilla-España.

En Andalucía crece, yo creo que imparable, una nueva iniciativa para un partido andaluz y no dependiente de Madrid. A tener en cuenta que una parte del éxito de Juanma Moreno es, precisamente, que no se ha disuelto en Pablo Casado y mantiene claramente las distancias con Madrid, algo que ya aprendió Feijóo en Galiza.

En Extremadura, igualmente, avanza la toma de conciencia sobre su verdadera realidad: una región convertida en un erial sin infraestructuras y ninguneada hasta el dolor. Las posibilidades de desarrollo económico sostenible de Extremadura son evidentes, como las mejoras posibles en Andalucía lo son, pero Madrid intenta mantener su fuerza centrípeta, que fagocita a España de forma bastante injusta todavía.

Los indultos parecen legales, en primer lugar. El Supremo tiene su derecho de expresar su opinión, pero la decisión, según la Ley y la Constitución, la tiene exclusivamente el Gobierno. Como cuando Tejero, como cuando Armada, como cuando Barrionuevo y Vera.

En segundo lugar, esos indultos son necesarios para restañar la heridas provocadas por errores cometidos por el Estado y el Gobierno del PP.

Por cierto, en Jerez también se espera un indulto.

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