Impuestos, borrascas y sociedad del bienestar

Sean razones humanas o naturales las que han ido minando este invierno, las catástrofes han igualado naturaleza y especie humana

06 de febrero de 2026 a las 09:53h
Una vecina de Grazalema, junto a su galgo, en Ronda.
Una vecina de Grazalema, junto a su galgo, en Ronda.

Llevo un día sin salir de casa, confinada. Afuera llueve sin pausa y apenas se oyen ruidos de coches. Cuando amaina la lluvia, el día se aclara y se oyen pájaros cantar, como en los frondosos fondos de un cuadro con virgen de Leonardo da Vinci. Pero no, lo que hay en la calle no es renacimiento ni Renacimiento. Este Leonardo es destructivo, ni apasionado ni creativo. Es la naturaleza sin paliativos, que unas veces nos regala vida y otras nos la arrebata. Puede ser en forma de borrasca o de enfermedades mortales que de un día para otro nos vuelcan la vida. Pero no es siempre la naturaleza la que nos aterra: el hombre solito, por sus malas artes, convierte en infierno lo que tendría que haber sido otro rutinario viaje en tren.

Sean razones humanas o naturales las que han ido minando este invierno, las catástrofes han igualado naturaleza y especie humana: destrucción por donde ha pasado, como son los campos después de la batalla, aunque sin guerra previa. Vidas segadas, familias destrozadas, negocios destruidos, infraestructuras convertidas en escombros. 

Después del dolor y el llanto, aún en pleno duelo, vienen las preguntas y los cálculos, ¿cómo volveremos a poner todo esto en marcha? Lo mundano se impone al duelo que nos hacía más humanos, más generosos, menos egoístas. Vuelve el momento pragmático: se requieren medios materiales, dinero, mucho dinero, para deshacer el esperpento. Para los que este invierno no hemos padecido borrascas ni accidentes, pero sabemos de su existencia, las cuestiones llegaron antes: ¿quién está pagando todo esto? ¿Quién paga a médicos, psicólogos, bomberos, policías? ¿Quién gestiona y paga el desalojo de Grazalema? ¿Quién la suspensión de la actividad escolar para evitar males mayores? ¿Quién invertirá, si aprendiéramos la lección, con eficiencia, en infraestructuras ferroviarias, en hospitales públicos que atiendan con o sin catástrofes, que dote de expertos a centros sanitarios, educativos, al Ejército, al cuerpo de bomberos? A tantos otros organismos que no son productivos, que carecen de interés para las empresas que se hacen de oro en esta sociedad que no sabe si es de creencia capitalista o proteccionista. 

Estos momentos, al menos en mí, refuerzan mi convicción en lo público y en un Estado fuerte. No hablo de fuerza bruta, de represión y pensamiento único, válgame; hablo de fuertes arcas del Estado que se llenan a base de impuestos (otro tema sería cómo recaudarlos de forma equitativa y cómo repartir de forma justa y eficaz). No nos engañemos: no somos un país rico, la pobreza está instalada por muchas zonas de España —si lo habían olvidado, miren las noticias de estos días—, la clase media es mayoritaria, expuesta a los vaivenes económicos como una bandera al viento (ya lo sé, esta frase inflaría el corazón de cualquier votante de VOX, pero se van a quedar sin su momento de plenitud, pues dudo que me lean). Impuestos y buena gestión, honradez y convencimiento sin complejos de que lo que es de todos y para todos es lo que entre todos financiamos: y eso son los impuestos.

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