Rush Limbaugh.
Rush Limbaugh.

Estamos hoy tan tristemente acostumbrados a ver cifras de centenares de muertos en el telediario cada día que casi hemos perdido la costumbre de destacar a los muertos «ilustres». Era una bonita tradición. La necrológica es un arte en peligro de extinción precisamente cuanto más y más rápido nos extinguimos nosotros.

Se puede ser «ilustre» por varios motivos, y «conocido» por muchos otros. Ser una celebridad es bastante más complicado, pero algunos pocos elegidos lo consiguen. Estos días ha ocupado los obituarios estadounidenses un señor llamado Rush Limbaugh. Al público español puede que no le diga mucho, pero el ínclito Donald Trump lo ha definido como «una leyenda» —sin que entremos a valorar si esto es bueno o todo lo contrario—. Como se puede deducir por tamañas amistades, el buen señor era millonario y también de armas tomar. Fue durante décadas el altavoz mediático de los conservadores en Estados Unidos. Su plataforma era la radio y su eco llegaba a millones de oyentes que lo seguían fieles show tras show. Nació en las ondas, y en las ondas construía su nación: una nación un tanto siniestra que le vendía a los americanos.

Ahora un cáncer de pulmón se lo ha llevado, cosa fácil de prever si tenemos en cuenta que el puro habano era una más de sus extremidades. Limbaugh era uno de esos periodistas de relumbrón que pasan a la historia por ser líderes de opinión, por representar la voz de un pensamiento fijo en los tiempos de la permeabilidad ideológica y de la radicalización. A él se le debe la explosión de la todopoderosa Fox News y parte del endiosamiento mediático del trumpismo. Sus cien millones de dólares al año por contrato bien valían un esfuerzo. Su fuerte siempre fue la provocación. De hecho, le debemos también la popularización del término «feminazi» —por si se estaban preguntando quién fue el creador—, una retahíla de insultos a las mujeres de la familia Clinton o la definición de «catarro malo» para referirse al Coronavirus. Y es que las estrellas mediáticas son así: polémicas, contradictorias, de profusa incontinencia verbal y concepto propio e intransferible de la verdad. Los grandes son los que hacen suya la máxima de no dejar que las pruebas estropeen un titular de impacto. Porque el titular se traduce en dividendos y adeptos. A partes iguales.

Ahora Limbaugh ha muerto y su audiencia se queda sin voz, huérfana de liderazgo. Sin duda, la radio política lo echará de menos y, sobre todo, sus acólitos. Atrás quedan éxitos, arrestos, multas, consumo ilegal de ansiolíticos y una trayectoria controvertida: llena de millones, polémicas y amistades republicanas en la Casa Blanca. Limbaugh era como aquel conocido plasta que todos sufrimos, con el que no tenemos nada que ver pero al que reconocemos un mérito: el del machaque. Para eso hay que valer. Hasta su último programa, dos semanas antes de morir, mantuvo sus caballos de batalla: siguió defendiendo las acusaciones de fraude electoral, siguió cargando contra los inmigrantes latinos acusándolos de vagos y maleantes, siguió comparando a los asaltantes del Capitolio con los fundadores del país… Siguió esparciendo su particular visión envenenada del mundo, una nación incuestionable y monocolor que construía en las ondas para muchos millones de «americanos de bien». Descanse en paz y deje descansar, Rush. Un «ilustre» americano menos.

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