La iglesia del demonio

Como se ve, cuando la iglesia deja de ser funcional al fascismo más ortodoxo se convierte en el espíritu del mal

Una misa en una imagen de archivo.
02 de febrero de 2026 a las 09:58h

Ironías del destino, la Iglesia que inventó el demonio a su imagen y semejanza se ha vuelto, ella misma, el demonio. La maldad existió siempre, el modo de nombrarla y, sobre todo, el modo de combatirla cambió mucho con la cristianización. Europa recuperó los sacrificios humanos y los convirtió en espectáculo público para la defensa de su doctrina. Lo que hubiera sido el Carnaval antes de ser cristianizado, que pervivió con las sátiras del bajo clero, el acuerdo de espacios de convivencia con los espíritus molestos o incómodos, malvados, quedó destruido con la Inquisición o el pensamiento inquisitorial y todo lo diferente fue declarado espíritu del mal. La Iglesia fue, y todavía es, la que en cada momento y situación, definía quién y qué era un espíritu maligno y declaraba su destrucción con tormentos en nombre de la modernidad. Destrucción que incluyó la del Carnaval como intención prioritaria; otra cosa es que no lo consiguieran completamente. A la Iglesia siempre le sobraron el diálogo democrático y los acuerdos por fuera de su ortodoxia.

Hoy la Iglesia es declarada como demonio por la ultraderecha, porque se sale de la ortodoxia ultraderechista con la que se viene manejando desde la contrarreforma. Una contrarreforma teológico política que en España derogó el siglo XIX y, al mismo tiempo, lo convirtió en un siglo de 175 años con su apoyo a la dictadura fascista de Franco. Como se ve, cuando la iglesia deja de ser funcional al fascismo más ortodoxo se convierte en el espíritu del mal. Es lo que tiene el meterse en negocios con el socio equivocado, que ahora le molesta todo de Iglesia.

Más ironía es que en la Europa arcaica los demonios eran seres intermediadores entre los seres humanos y el supuesto dios, pero la ultraderecha no tuvo nunca mucho amor por la lengua, la fina, la cultivada y certera. Así que, en su acusación contra la iglesia, lo que nos deja la ultraderecha ante los ojos es que en materia de extranjería, al convertirse la Iglesia en demonio retoma lo que hubiera sido el pensamiento del cristianismo primitivo: mediar entre la realidad de los seres humanos y la justicia ideal, también llamada dios.

El problema de la iglesia, en este y casi todos los casos, es que necesita de la violencia de los hombres para garantizar su existencia, desde que la Iglesia decidió para sí misma ser la coartada ideológica de los señoros en toda su amplitud. Así se entregó a la ortodoxia de un mundo para varones, violentos, cínicos y caprichosos. Aunque la pregunta en el aire es si no será que la Iglesia ya calculó de qué manera le beneficia su acto de caridad de la regularización de medio millón de personas sin papeles. El suyo, porque la regularización no es ningún acto de caridad y no debería convertirse en tal.

Este gesto de ahora de la Iglesia era un acto irremediable para ella y puede, además, atraerle viejos fieles díscolos o nuevos, maravillados porque en este momentito de la Historia, de pronto, la ortodoxia católica parece darse un respiro. Me pregunto si no será que como buena para las pensiones, esta regularización, un poner, no verá la Iglesia la posibilidad de sumar acólitos a su feligresía. Son siglos de haber aprendido a desconfiar, la enseñanza permanente del magisterio de Roma. Eso sí, los extranjeros regularizados no podrán votar tan rápido como dice Feijóo.