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Si presumo de esta porción de tierra, lo hago por ser puerta y entrada a un hemisferio y nunca como frontera en el Estrecho.

No existió nunca más patria que mi calle y el olor del café de mi madre. No existieron más batallas memorables que la de cada tarde, ni más compatriotas que las vecinas y los amigos. Si siento orgullo de aquí, no es por ser el sur de Europa, donde muere occidente; sino el norte de África, donde empiezan los sueños del continente de atardeceres lentos y madrugadas a oscuras. Si presumo de esta porción de tierra, lo hago por ser puerta y entrada a un hemisferio y nunca como frontera en el Estrecho.

“Es en Europa donde el individualismo constituye un valor apreciado, y aún más en Norteamérica; en África, el individualismo es sinónimo de desgracia”, escribió Ryszard Kapuscinski entre las brillantes páginas de Ébano. En Andalucía, en Cádiz, en sus extensiones secas y húmedas, la vida de los barrios creció en los patios de vecinos. En los portones abiertos y las paredes encaladas que impiden en agosto la entrada del calor y la flama. En el sentido amplio de comunidad y vecindad.

En el bloque de hormigón donde nací, mi casa y la de al lado, la de mi vecina Pepa, siempre se encontraban abiertas y nunca nadie tuvo que pedir permiso para pasar. Lo entendí cuando crecí y no volví a echar la llave. Lo asumí como conducta, con la normalidad de quien interioriza una costumbre de familia.

Ayer, durante la celebración del día que usurparon a diciembre, recordé a la generación que ha emigrado, a los campesinos, a los faeneros, a los pescadores de bajura y los vendedores de las esquinas: “No han quitao hambre las caballas en la Viña”, decía un veterano de la venta clandestina. A los que un día se sometieron sin remedio al capricho del señorito de turno y a los que otra mañana dijeron que no: “En mi hambre mando yo”, igual que en el voto.

Ayer, en la festividad que le robaron a un obrero como Caparrós, brilló el orgullo de los regates a las penurias, de las risas forzadas, del cante con la garganta y el soldador de los muelles con las mismas manos encalladas que el jornalero de otrora. Me contaba un trabajador de Astilleros, tras la polémica de las corbetas de Arabia Saudí, que sólo existen dos opciones: “La frustración o la depresión. Frustración cuando mi trabajo y mi fuerza sirven para construir buques de guerra. Depresión si no hay barcos ni faena y no hay comida que llevar a la mesa”.

Frustración o depresión. La identidad de una tierra que fuimos y, que a pesar de los siglos, todavía somos.

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