Hombres que cuidan.
Hombres que cuidan.

Recientemente en una reunión de la asociación de hombres a la que pertenezco, y cuando hablábamos de las acciones a realizar el 19 de marzo, con ocasión del Día del Padre, donde intentamos poner en valor la figura del Padre Igualitario, un compañero propuso con el objetivo de destacar la importancia de los cuidados, no solo para los hombres padres, sino para los hombres en general, que la campaña se titulase Hombres que cuidan. La idea me encanto por muchas razones, pero sobre todo por lo que supone de separar el concepto de cuidados de su feminización, y por la carga que conlleva respecto a la importancia de  implicar a los hombres, no como una obligación subsidiaria, sino como una responsabilidad propia e intransferible.

Hasta ahora los hombres siempre hemos pensado que cuidar no es nuestra obligación, porque es a ellas las mujeres, a las que la naturaleza ha preparado especialmente para tales funciones. Nos agarramos a la mentira de la mayor resistencia de las mujeres al dolor “nosotros no seríamos capaces de parir” decimos con desfachatez. Pero nadie está preparado para el dolor, y esa fingida debilidad y la continua queja ante el sufrimiento propio son la justificación perfecta.

“Hombres que cuidan” nos lanza a los hombres el potente mensaje de que no solo estamos obligados a cuidar cuando ellas faltan, o cuando en la vida asumimos el rol de padre, sino que cuidar debe formar parte de ese conjunto de obligaciones básicas y naturales que como personas tenemos.

Curiosamente, y aquí tenemos otro de los grandes privilegios masculinos, los hombres que mayoritariamente no cuidamos, somos los principales beneficiarios de los cuidados, y son las mujeres las que los asumen, no solo los nuestros, sino también el de los hijos, hijas, y las personas mayores.

Ello conlleva un enorme coste tanto en su salud física y emocional, como en el desarrollo personal y profesional. Costes que los hombres aceptamos, pero que sin embargo no hacemos nada para cambiar, porque el patriarcado nos ha enseñado a pensar que aquellos son inherentes a la biología femenina, y nosotros solo podemos intentar ayudar, pero nunca asumir.

La enfermedad de mi mujer me ha descubierto la verdad de lo que hablo. Como hombre educado en una cultura machista, estoy aprendiendo no solo a cuidar, sino también a disfrutar haciéndolo

En un par de ocasiones he escrito de la importancia de los cuidados y el universo sentimental que se nos abre a los hombres en ellos. Hoy lo hago sobre el privilegio y la felicidad que cuidar nos reporta. Si lo pienso bien, imagino qué si las mujeres han sido capaces de soportar durante siglos la opresión a la que el patriarcado las somete, además de por su fortaleza y manera de entender la existencia, ha debido de ser por la recompensa y el bienestar emocional que le han proporcionado los cuidados. Haber dedicado sus vidas a cuidar de los demás, quizás les ha permitido sobrellevar su situación, por encima tanta violencia y explotación.

La enfermedad de mi mujer me ha descubierto la verdad de lo que hablo. Como hombre educado en una cultura machista, estoy aprendiendo no solo a cuidar, sino también a disfrutar haciéndolo. Y aunque cuidar dicen que conlleva descuidarse, por cuanto supone dejar de dedicar tiempo a uno mismo, para dedicarlo a otra persona, el mundo de sensaciones, emociones y recompensas que nos otorga, compensa con creces ese descuido.

Los hombres que siempre estaremos en deuda con las mujeres por tantos cuidados recibidos, y las renuncias, sacrificios, y daños que ello les ha implicado, como en muchos otros aspectos que tienen que ver con lo que sucede en nuestro interior, también lo estamos con nosotros mismos por habernos negado a experimentar el gusto de cuidar.

Me confieso un hombre cuidador, que cada día aprende, con sus muchos miedos e incertidumbres, pero con un enorme amor a la mujer que me cuida, a la que procuro cuidar, y por la que sale el sol cada mañana.

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