¿Saben que quien odia muestra, a menudo, más pasión que quien ama? Y que lo que más odio genera en el mundo es el miedo —el único sentimiento que rivaliza en fuerza con el amor—. La estupidez también, pero sobre todo el miedo. En inglés hay un dicho moderno que dice Haters gonna hate, que traducido significa El que odia, odia. Hater. El que odia. Muy aplicado a los trolls de las redes sociales, los amargados de toda la vida. Una explicación rápida sobre lo pasional e irracional del odio ciego, que no necesita motivo. Pero se alimenta. Se alimenta del caso que le hacemos —en mi caso por curiosidad, que siempre me ha fascinado la psicología humana, no se crean—. El resultado de la observación continua es que si no sientes lástima por este tipo de personas, no tienes corazón.

Cada hater es diferente. Hombre o mujer, de cualquier edad y condición. Hay de todo.

Imagínense a un padre de familia, de izquierdas, descubriendo que su hija mayor —su favorita, aunque está feo decirlo—, estudiante de universidad, asidua a manifestaciones y metida hasta las trancas en temas de derechos sociales, se dedica en sus ratos libres al acoso cibernético a chicas más jóvenes que ella. Chicas que prefieren, porque están en la edad —o porque sí—, salir de fiesta y hacerse cuatro fotos poniendo morritos a la puerta de una discoteca, aunque eso implique estar durmiendo la mona a la hora de la manifestación. Imagínense que ese padre tiene, por azares de la vida, acceso a los mensajes que envía su hija, con cuentas anónimas y perfiles falsos, humillando, acosando, rebajando a esas chicas… No se lo podría creer.

Pues bien. Ocurre. Y el mundo está lleno de padres y madres de familia incrédulos.

Cualquiera pensaría que, si el ámbito es la red social, con un bloqueo se soluciona el tema. Pues no. Resulta que hay quien no se da por aludido con un bloqueo. Ni con tres. De hecho, yo he considerado una enorme victoria personal las dos o tres veces que algún amargado de estos ha venido a intentar echarme un pulso sin ser invitado y ha terminado por bloquearme él a mí. No soportan que los dejes en ridículo. Haber estudiao, que se dice mucho.

Y digo yo que eso de no cesar con el acoso si te bloquean es ser muy fan. Porque no poder evitar husmear en la vida de otra persona —por lo general muy diferente a ti—, sabiendo que no puedes escribirle desde tu cuenta falsa, no sea que te bloquee otra vez, y sólo para recrearte en el odio… Es de ser muy fan. Sabrán ustedes que la palabra fan es una de las que utilizo a modo usar y tirar, porque no me gusta. Uso mucho esa expresión “muy fan de esto”, “muy fan de aquello”. Está vacía. Cuando admiro a alguien, uso esa palabra: admiración. ¿Y por qué no me gusta la palabra fan? Sencillo: viene de fanático, y el fanatismo es una enfermedad mental aterradora. Si no está registrada como tal, considero que debería estarlo. Pero, precisamente por eso, creo que un acosador de este nivel es un auténtico fan.

'Fan' viene de fanático, y el fanatismo es una enfermedad mental aterradora

Normalmente, los fans por descripción, los que se desviven —como esas chicas haciendo cola uno o dos meses para ver a Justin Bieber—, conocen a su ídolo, como lo podría conocer cualquier admirador, pero tienen el detalle de imitarlo en la medida de lo posible. ¿Por qué creen si no que los famosos venden ropa y perfumes? Porque si se lo pone Rihanna, DEBE ESTAR EN MI ARMARIO O NO RESPIRO. Eso sí, asume desde ya que no te va a quedar igual de bien que a Rihanna. Porque cantar sus canciones, llevar su maquillaje, copiarle el estilismo, parafrasear sus twitts e imitar sus poses en Instagram, no te convierte en Rihanna. Pero tú eres muy fan, eso te hace feliz y a ella no sólo no le molesta, sino que le aporta mucha pasta. El problema viene cuando exactamente lo mismo se hace desde el odio. Ya os digo que ocurre.

Esa gente que no te puede ni ver, pero que sin ti está perdida porque no sabría qué opinar. No sabría qué expresiones usar. No sabría hacia dónde dirigir su estilismo. Todo acaba en una mala copia, pero el esfuerzo que requiere ese odio, ese intento de “yo soy más guay que tú, o al menos te igualo” que tiene las costuras al aire… No tienes corazón si no lo valoras. Piénsalo, eres Batman y te ha salido un Joker que sin ti entra en profunda depresión. Sin ti no sabe qué hacer, qué criticar, qué intentar imitar, qué decir… Por no saber, no sabe ni qué cosas o personas le gustan hasta que no llegas tú para darle pistas. Un poco de misericordia, por favor. Que es muy triste tener personalidad —ojo, que la tiene— y que sea la personalidad más insípida, acomodada y previsible que te puedas echar a la cara.

Yo de personas insípidas sé mucho. He tenido grandes amigos muy insípidos. Se les puede adorar, pero tienen un peligro subterráneo. Suele ser gente muy acomplejada, y los complejos hacen a la gente muy peligrosa. No es condición sine qua non, pero detrás de una personalidad apoltronada, suele haber un acomplejado que quiere caer bien. Huid.

Las personas acomplejadas son un peligro. Son un peligro que os tiene tanto miedo que acabará odiándoos. Y suelen mentir mucho. Esto me recuerda a Betty Page y al anuncio del Salón Erótico de Barcelona de este año, que ha sido estupendo. La hipocresía del acomplejado. La fantasía del hater. Sobre esto escribiré en otra ocasión…

En resumen. Sed vosotros mismos y disfrutadlo. Quereos mucho, que es santa medicina. Y a los acosadores que les den. Ya sabéis lo que dicen, haters gonna hate.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído