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Tal vez, en un mundo futuro los tipos humildes y sinceros sean 'raros' o antisociales.

Que vivimos tiempos en los que prima el “sálvese quien pueda” y la autocomplacencia llevada a sus máximos extremos, es evidente. Unos por no figurar en la amplia (eterna) lista de imputados, investigados, condenados, etc… otros, para ensalzar los pocos (mínimos) valores de los cuales pueda presumir ante el público.

El caso es que la sociedad actual se está acostumbrando a la sobreactuación, a los discursos impostados y a las medias verdades (¡qué curiosa manera de llamar a una mentira, por cierto!), y no es cosa baladí, pues este tipo de comportamiento impregna el aire que respiramos, fertiliza la tierra que cultivamos, alimenta nuestras bocas y las de nuestros hijos, y nos empuja a un futuro donde quizás el narcisismo y el embuste caminen de la mano sin ningún tipo de pudor.

Tal vez, en un mundo futuro los tipos humildes y sinceros sean 'raros' o antisociales.

Seguimos a vueltas con investigaciones en sedes de partidos políticos donde a nadie “le consta” que haya corrupción. Volvemos a escuchar cariacontecidos cómo se despachan negocios multimillonarios de manera arbitraria, con subterfugio, en mitad de un partido de padel del señor ex Duque de Palma…

Y la gente se solivianta porque este hilo del que se tira desde hace años ya tiene muchos metros de longitud y no se le ve fin. Tenemos la continua sensación de que, a pesar de los muchos escándalos sacados a la luz pública, solo estamos viendo la punta del iceberg. Hay más. Lo intuimos. Que digo intuimos… LO SABEMOS.

Solo falta algún avezado periodista o un confidente despechado con ganas de hablar, para que nos desayunemos una nueva corruptela de los que dicen representar al Pueblo. De aquellos que se otorgan dones de los que carecen y, en los casos más sangrantes, se creen por encima del bien y del mal. Quizás porque eso de que “Hacienda somos todos” solo es un eslogan publicitario, que diría aquella.

Y en mitad de este desfile de sinvergüenzas, agoniza un teatro en Jerez; un lugar casto, limpio, donde debiera residir el brillo de la cultura y a la que han herido de muerte de nuevo las manos políticas. Esas que ni abren ni cierran un telón, ni saben del esfuerzo de un equipo de trabajadores especializados en esos menesteres.

Es el problema de encomendar tareas de cierta dificultad a personas incompetentes que, eso sí, frente a el espejo tienen su más enfervorecido público, y en su bancada municipal sus más acérrimos seguidores “manque pierdan”.

Estaría bien que alguien, en algún momento diera la cara para asumir la culpa, pedir perdón a ciudadanos y trabajadores, y para salir por la misma puerta por la que entró con porte altivo, pero esta vez con la testa humillada. 

Pero eso no va a pasar. Ni en Jerez, ni en España.

Aquí somos de gestiones impecables, qué narices.

 

 

 

 

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