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¿Por qué los actores andaluces que son contratados para hacer de andaluces exageran el acento hasta rayar lo absurdo, en un estado antinatural? Un actor catalán, a mi parecer, salvo en contextos de comedia exagerada, jamás lo hace y nunca se le impone desde la dirección ninguna sobreactuación. Quizás sea una impresión un poco conspiradora de los que siempre estamos con la mosca detrás de la oreja, pero de verdad que me cuesta recordar a un catalán haciendo de bufón o cateto en alguna serie de medio pelo o película española.

El estereotipo que nos imponen es terrorífico y siempre cercano a la caspa o la involución. Por citar un ejemplo, viendo el jueves pasado la serie Cuéntame, donde Imanol Arias interpreta a un “hombre de bien” emprendedor y donde casi siempre triunfa por tener un discurso moderado desde el centro político, observo cómo la serie, capítulo tras capítulo, repasa la historia de nuestra España, desde la dictadura militar hasta la década de los 80, de una manera cuanto menos descafeinada y muy desmemoriada, con vocación de cronista y con guionistas que se adaptan a la ideología de quien manda en el gobierno de turno. La serie, en esta ocasión, maltrató en el último capitulo a dos andaluces que querían comprar vino a Don Antonio Alcántara, los tildó de franquistas, obtusos en la negociación y de vanagloriarse en su poca instrucción cultural. Un auténtico hombre de las cavernas.

Supongo que cuando a un actor andaluz le ofrecen y accede a un papel de estas características, para que ultraje y deje en ridículo a su tierra, quiero pensar que después en la almohada le pasará lo mismo que al empleado de banca que te explica que la última subida de comisiones en tu cuenta es legal o también como al policía que tiene que desahuciar a una persona que estando en paro no puede pagar su vivienda. Solo les exijo que se sientan como una rata. Aunque no es cuestión de juzgar, en estos temas, por desgracia, si no tienes un cierto poder adquisitivo, prostituirse por el bienestar de tus hijos y tus necesidades diarias es lo normal. Aunque al menos, repito, lo justo sería llevarse a la cama esa sensación de malestar y de autocrítica.

Pero existen algunos actores, como en el caso de Ricardo Darín, que han renunciado a interpretar para la industria norteamericana el papel de narcotraficante, dando así una lección de honor. Negándose a vincular su procedencia latinoamericana con este tipo de rol. Escuchando a Ricardo ante un periodista argentino, explicando su negativa a ser millonario con ese papel en Holywood, comprendí que existen, por suerte, personas que no se venden o que su precio es todavía muy alto. Vi en sus ojos que incluso ante una vida llena de pobreza, que no es su caso, tampoco lo hubiera hecho, lo observé claramente, su mirada me lo delató.

No trato de criminalizar a nadie porque todos estamos expuestos a la prostitución ante el vil metal en determinadas circunstancias. Pero hago un brindis por aquellas personas que imponen sus valores y principios ante el bienestar y la riqueza que los humilla. Porque sin duda de ellos se alimenta el mundo, de ellos conseguimos los derechos, la dignidad y nuestras oportunidades ante quienes solo ven en la vida una opción para comerciar y comprar almas necesitadas. Son un espejo donde mirarnos, Darín es una mente preclara.

Lo único que pido a los actores de mi tierra cuando hagan de andaluces, si lo hacen, es que si firman el contrato, lo hagan con una mirada llena de bilis, memoria, rencor y desatino porque si cínicamente aceptamos todo esto sin la más mínima autocrítica estamos condenados a ser los esbirros de la gracia esperpéntica y vulgar hasta la eternidad.

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