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"¿Habéis visto alguna vez a un muerto viviente comiendo castañas, nueces o huesos de santo? Eso solo pasa aquí, en Andalucía".

Si me preguntara alguno de los incondicionales artistas de la palabra cómo me gusta hablar, sería directo y claro: bien, me gusta hablar bien. Vivo una tierra donde el idioma no se habla, se vive, se siente y hasta se padece. Hablar andaluz es mi sello, del que no reniego. Ese arraigo que se nutre de la tierra y está tostado por los rayos de sol que nos hace ser como somos. Hace poco hablaba en una tertulia televisiva de nuestro querido, amado y necesitado Hare de La Janda. Y hablaba en andaluz, no andalú. Y aspiraba de manera inconsciente a la hora de pronunciar la impronunciable h. Una jota que dejaba escapar el sonido fruto de la arena de la playa, del salitre y de la pasión de nuestras tradiciones.

De igual manera que evolucionamos y adaptamos emociones de fuera y que las hacemos nuestras. ¿Acaso nuestro Jalogüin no es ya tan nuestro como el de los americanos, que en realidad lo tomaron de tradiciones de esta parte del mundo? ¿Habéis visto, ávidos lectores, alguna vez a un muerto viviente comiendo castañas, nueces o huesos de santo? Eso solo pasa aquí, en Andalucía. En un lugar donde transformamos las oportunidades en realidades y sabemos vivir arrastrando verdades. Por ello, que hablemos de una manera distinta no significa que lo hagamos mal, sino que lo hacemos de manera distinta o, mejor dicho, evolucionada. Las hablas andaluzas son como las dunas de Bolonia, en continuo movimiento a merced del tiempo y de como sople el viento.

Adoptamos palabras, le damos un meneo y la ponemos en circulación en menos que llega el Ave de Sevilla a Madrid. Somos capaces de amasar la lengua hasta retorcerla de gusto para crear nuevos montajes musicales que nos lleven a parir otras latitudes. Por analogía, por asociación, por simplicidad, por rapidez, por lo que sea, pero porque así somos los andaluces. Para qué más rodeos, si con una mirada nos entendemos. Sabemos ser incisivos cuando queremos y tranquilos, pausados cuando lo necesitamos. Nos recreamos si es menester, pero en el menester vamos a saco. Total, la vida la aprovechamos, que nunca se sabe. Por eso, me da gusto ver cómo el catalán, el vasco o el gallego afianzan con confianza su acento. No solo su habla, que también, sino su acento. Su raíz, su profundidad. Un catalán de los que salen en la tele metiendo para adentro la lengua en las terminaciones y con su paladar bien entroncado. Me da cierta envidia, porque nosotros los andaluces nos venimos abajo cuando alguien se ríe de nuestro acento, intentado minusvalorarlo. Ahí es donde tenemos que saltar con nuestras agallas y no dejar pasar ni una.

Por motivos profesionales, una buena pronunciación siempre me la marco como meta. Hablar fino que le decimos, pero siempre con el acento. Lo mismo ceceo que seseo con sumo gusto, en función del receptor que tenga a bien escucharme, pero de manera instintiva, no fuerzo. Tampoco la modulación. Ese tono que es ritmo y ondulación de la voz cual si fueran nuestro campos y montes, que suben y bajan musicando una melodía al hablar. Y todo ello, con naturalidad. Sepamos valorar ese arte y hacer comprender que la evolución de nuestra habla supera a la de cualquier región y esto solo lo podemos decir nosotros, alto y claro, sin titubear. Por eso, intento hablar bien, como diría el maestro, en perfecto andaluz. Y no hay más que hablar.
 

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