Godofredo y Delcojón en el Parlamento de Andalucía

logo lavozdelsur

Francisco Garrido Peña / Mercedes Barranco / Francisco Javier Fernández

Fotograma de la película 'Los Visitantes' (1993)
Fotograma de la película 'Los Visitantes' (1993)

(Jose luis Serrano Moreno en la memoria)

En la película Los Visitantes (Jean Marie Poiré, 1993)  el Conde Godofredo de Miramonte y su escudero, Delcojón el Bribón tras ingerir una pócima mágica son enviados por error desde el año 1123 al año 1992. Las reacciones  de estos viajeros del pasado producen un buen rato de hilaridad y risas al espectador. Esos ojos del pasado feudal no comprenden los coches o los aviones pero los asimilan a objetos conocidos como son los carros o las cometas. En cambio, lo que a los viajeros más les cuesta entender son las posibilidades, facultades y recursos que ofrece la autonomía moral. La diferencia en la comprensión no son las máquinas son las ideas. No son los coches es Kant. No son los aviones es la modernidad y su discurso emancipatorio. Por esta razón, cuando se defiende la idea de que existen “vidas ejemplares“ se defiende, en realidad, un sucedáneo laico de las vidas de santos medievales. Los coches son carros que diría Godofredo de Miramonte. Esa interpretación simple, superficial y mecanicista de la realidad es contraria a la verdadera finalidad de las alegorías medievales. En la leyenda dorada de Santiago de la Vorágine, un clásico literario, los relatos sobre la vida de los santos tenían, por el contrario, la función de mostrar que las vidas de lo santos no era precisamente ejemplares. Para la teología “vida y ejemplo” eran términos antitéticos, nada mortal podría ser modélico por que el modelo estaba fuera de toda vida, Dios. 

Así pues lo ejemplar de los santos no era su vida (pasiones, deseos) sino su obra ¿Y cuál era la obra de una santo? La salvación, por eso la nómina de la asamblea de los santos es anónima. El mensaje que nos pretenden trasmitir los santos no es la buena vida sino la buena muerte, de ahí la enorme carga nihilista de cierto cristianismo. Lo relevante no es el momento del ser sino del desaparecer. Ya Nietzsche, feroz critico del cristianismo platónico, afirmaba que cualquier programa de reforma moral no nihilista debía abandonar el mito de la “vida eterna” y abrazar la “eterna vitalidad”. El discurso teológico puede ser ilusorio en sus presupuestos metafísicos pero es radicalmente realista en los efectos subjetivos y sociales que pretende inducir. Lo que hay que imitar en la santidad es la obra, en ocasiones un breve alumbramiento, no el devenir mecánico de la coherencia de los días.

Lo anterior en términos propios del republicanismo político tendría varias acepciones: Una primera que garantizaría la autonomía moral del sujeto frente a la moralina no democrática basada en creencias. Una segunda que reivindica el carácter fundamental del derecho a la disensión moral. Y por ultimo, la atribución al derecho de la función reguladora de los comportamientos contrarios a la norma. En otras palabras, en la vida personal cada uno se rige como quiera con el ubicuo limite del ordenamiento jurídico. Esa línea de argumentación nos inmuniza frente al autoritarismo que comienza con un resfriado social, muta en propuesta política y termina en derecho coercitivo. Últimamente asistimos en la vida política andaluza a cierta pulsión moralista que  confunde la obra y la biografía de tal modo que  ignora la obra, que es el producto material, y sobrevalora la biografía. Esta confusión esconde una idea moralista de la acción colectiva frente a una concepción materialista. Un pintor, un músico, una investigadora o una poeta no son grandes porque sea grande su biografía sino porque es grande su obra. Siguiendo con esa linea argumental Garcia Lorca es grande por Bernarda Alba no por su periplo vital, Jaime Gil de Biedma por las personas del verbo y no por su vida sexual, y un político es grande por su transcendencia social no por su generosidad personal.

La “obra” es el trabajo socialmente valioso. El beneficio sobre el conjunto. La obra nunca es el producto exclusivo de la acción del autor. El autor, permítannos la comparación, es un médium de una cierta experiencia colectiva del mundo que a través  de la obra, no de la biografía, permite que hablen muchas voces. En estos días asistimos a cierta fijación en la vida del “autor” desde parte de la izquierda política.  Es indicativo de cómo sin pretenderlo una parte de la izquierda parlamentaria está presa de un viaje en el tiempo. Este giro moralista es un síntoma de la impotencia para entender la descripción del mundo que ella misma ha contribuido decisivamente  a construir. Sin comprensión difícilmente se articula un discurso de mayorías. El relato emancipatorio de la izquierda solo es posible si contiene un discurso ideológicamente plural, socialmente comprometido y profundamente respetuoso con la autonomía moral. No hay razonamientos ad hominen buenos ni malos. Todos son errados. Lo contrario a eso es el autoritarismo cuya versión auténtica se encuentra radicada en la extrema derecha parlamentaria. Hoy en Andalucía ésta se encuentra a las puertas del gobierno y muy cerca del poder normativo.

Artículo colectivo escrito por 

Francisco Garrido Peña.

Mercedes Barranco.

Francisco Javier Fernández.

 

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Lo más leído