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Yo la llamo M. De misterio. M de Moriarty.

Es historiadora -de las artes, claro-. Restauradora de su corazón, al cual deja a la intemperie una vez cada dos años, capataz de su propia obra faraónica, que cada vez que se inaugura está inconclusa. Es mayor que yo, y más joven que Paola, y de todas las teorías que ha podido formar en sus años de estudiosa, esta es la más certera…

Las obras que contengan los puntos exigidos, correrán la misma suerte. Dichos puntos son:

Juventud, divino tesoro. Independencia emocional y económica. Inteligencia, raciocinio y criterio cultivados a base de lectura y experiencia personal. Formación universitaria, incluido el dominio total de al menos un idioma extranjero. Inquietudes artísticas, desarrolladas desde la cuna, más allá de la supervisión escolar. Talento para al menos una de las artes, ya sea en desarrollo o afianzado. Belleza física, sin importar la raza. Sentido del humor con tendencia al sarcasmo.

Atendiendo a estos requisitos sine qua non, y añadiendo otros valores que aportan encanto pero que varían de obra a obra, se estima que la suerte de éstas será la de dejarse acompañar por siete hombres diferentes en cada capítulo, aun deseando sólo a un octavo que no se deja acompañar y que les mandará una rosa al año. Una rosa bellísima y colmada de espinas. La mandará en secreto, a espaldas de una maestra jardinera que cada día las riega pensando que son para su placer en exclusiva. Dicen que la piel es de quien la eriza, no de quien la toca cada día. Cada obra recibirá su rosa, normalmente la pondrá en agua de lágrimas y las coleccionará cuando se sequen. Vivir de rosas y de espinas es poco para lo que merecen unas obras como estas, pero el octavo hombre es su debilidad y él lo sabe porque de ello presumen los colores de esos lienzos. Sin el octavo pasajero, estas obras serían muy distintas…

Pero M tiene una desventaja con respecto a las demás: en doce años, su octavo pasajero nunca le envió una rosa, sino lirios. Sin espinas. Nada la hacía sospechar del dolor que podía enfrentar si se fiaba de él. ¿Cómo iba a enviarle rosas, si a sus treinta y cuatro primaveras no había sido capaz de tener un jardín en condiciones? Ni siquiera le enviaba una flor al año. Pocos pétalos para M.

Es una noche de verano en Jerez, suenan las campanas de la catedral dando las doce, y somos dos Cenicientas que se encuentran para un brindis de amistad. Ve en mis ojos que he recibido una rosa, ni dos días atrás, una rosa con los pétalos aún cerrados, tímida, pero tan, tan bellísima… Adoro hasta la sombra de mi octavo pasajero, aunque apenas nos hemos visto. Él tiene mucho miedo -con razón- de mirarme a los ojos durante demasiado tiempo... Ocurre que, después de un te quiero a mano, de dos rosas frondosas al día ha pasado a una cerrada al mes. Será que pido demasiado, o que su jardinera se ha percatado de que le faltan flores. Será que preferiría ser uno de los siete a los que no adoro -en fin, algunos son hombres más grandes que él-. Vayan ustedes a saber, que si tiene un defecto es lo mudo que está… Pero mayor es el defecto del que te conoce desde hace más de una década, te ha tenido en su cama, ha bebido y dormido a tu lado, te ha hablado mirándote a los ojos sobre sus sueños y esperanzas, parecía oírte cuando relatabas las tuyas… Alguien que te conoce así y que no pelea por la maravilla que sabe que eres, cuando ni siquiera hay jardín ni jardinera en su vida, ¿qué merece de ti, sino indiferencia? No es miedo, es miseria. Doce años jugando contigo como si fueras su peonza, cuando no hay nada nuevo que explorar. Ya está todo dicho. Nulo interés me despierta este hombre al que tanto buscas y en el que nada nuevo vas a encontrar…

Tus ojos se han humedecido de pena al saber que no soy feliz. Y al comprobar que tu teoría no tiene fisuras. Te invade la incertidumbre de si contigo va a ser igual, porque cumples todos los requisitos. “Voy a llamarle”, me dijiste a las doce y un minuto. Qué fortuna, un teléfono que marcar… “Le diré que quiero verle”. Te tiembla la voz, y yo sé por qué -también me pasó cuando quise tomar aquel café un viernes de yerma mañana, cuando no recibí ni un sí ni un no-, pero es imposible que ese mequetrefe tuyo tenga algo mejor que hacer que verte. Imposible. Y marcas el teléfono delante de mí. Me levanto de la silla, te dejo sola en la terraza del bar. Hablas tranquila, aunque no puedo distinguir tus palabras desde aquí, pero ya percibo tu mueca de decepción… No me sorprende. De verdad que es un impresentable.

“¿Y bien?”, me siento a tu lado de nuevo. “Le encantaría verme”, me respondes, sin siquiera poder mirarme por la pena. “Aunque nada de lirios… Ahora le manda rosas a alguien y dice sentirse como si tuviese quince años”. Suspiro, sin permitirme mostrar el sarcasmo que eso se merece, y asiento. “No me quiere, o al menos no me quiere más que a las otras. Basta ya”, dices, mientras te observo indagar en el reino virtual dispuesta a alzar todas las barreras necesarias para que ese quinceañero no pueda volver a verte ni a tentarte. Te observo y te admiro.

Me alegro de que hayas vuelto, M. Te echaba de menos.

M de Macarena, ya que estamos en Sevilla.

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