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Estamos terriblemente malacostumbrados a oír lo que queremos oír y a no oír lo que no queremos oír. Lo malo es que también nos acostumbramos a callar lo que queremos decir. Son los que menos piensan los que antes hablan…

A mediados del pasado mayo, quedé con una amiga para merendar en una cafetería del centro de Jerez. Ese día sólo éramos conocidas, la verdad. Ella siempre está de acá para allá, pero últimamente lleva una temporada considerable sin dejar la ciudad, y de alguna manera tenía que aprovechar su tiempo… De modo que, entre otras muchas cosas, organizó una exposición de su magnífico trabajo. Para promocionar la exposición, realizó una pequeña presentación pública, una conferencia sobre su proceso creativo. Yo asistí a esa conferencia, invitada por ella misma, puesto que el día anterior nos habían presentado -muy aceleradamente- unos amigos en común... Es absolutamente maravilloso, y raro, poder pararte a pensar “esta es de las mías”. Casi nunca ocurre, pero cuando tienes la fortuna de que te pase, es como si mentalmente fueses coleccionando piezas exquisitas que forman tu propia generación. Y yo, que rara vez me equivoco leyendo a las personas, pensé “ella sí merece la pena”. Tres meses después de aquella conferencia, merendábamos juntas en la cafetería.

Fue bastante revelador que, hablando sólo un rato, empezásemos a darnos cuenta de cuántos paralelismos tienen nuestras vidas y de que los han tenido desde que éramos niñas. A pesar de que nos acabábamos de conocer, hablábamos exactamente el mismo idioma. Uno de los aspectos en los que coincidimos es que en los últimos diez años no hemos vivido en Jerez, hasta que llegó 2015 y nos arrastró de vuelta a casa. También es cierto que estamos las dos deseosas de volver a marcharnos y hacer cosas nuevas. Por mi parte está en marcha, por la suya me consta que también. Ella es una joven maestra de la estética y el pincel, mientras que yo prefiero la palabra y la pluma, pero componemos universos que se conocen mutuamente y que desde el primer minuto se sonrieron, viendo, casi con satisfacción, que incuso siguen el mismo ritmo.

Aquella tarde de café -aunque no pedimos café, sino una granizada de limón y un batido de chocolate- descubrimos mil y una similitudes más. Pero una en concreto me supo a gloria: ella es una persona sincera. No sincera de las que no mienten, sino sincera de las que dicen la verdad. No, no me refiero a que es una persona que no filtra y que dice lo que piensa sin importar si hace daño o no a los demás… Esas personas son valiosas, porque te dicen verdades a la cara cuando nadie más te las va a decir, pero siempre me resulta un poco chocante la gran falta de empatía que eso denota. Esta muchacha es distinta; no juzga a los demás, sino que se observa y se estudia a sí misma antes de opinar sobre nadie más. Esta mujer se mira al espejo y se abre en canal, se asume, se ama y no usa máscaras que la excusen. Por eso su trabajo es tan impresionante. Porque no finge, ni se esconde, ni cambia lo que no le gusta. Lo enfrenta, desde la sinceridad.

Recuerdo perfectamente la expresión que se nos dibujó a las dos en el rostro cuando supimos que, ya por separado, habíamos llegado a la misma conclusión. Ella me dijo que en sus trabajos busca conocer bien a la persona a la que está retratando, pero que es muy difícil, porque la gente no es sincera. La verdad da miedo. Que me lo digan a mí… Es el problema de expresarte con la palabra: el quererse a una misma empieza por no negarse a lo que una quiere, siente, desea…, hasta que lo que desea es decirle a alguien “te quiero”, y aparece tu mejor amiga para decirte “no le digas eso, te pondrás a su merced”. El miedo a la verdad. No seas sincera, que descubrirte y desnudarte te va a hacer daño. Él no se merece tanto poder, pero si yo no lo digo, estoy siendo desleal a mí misma, estoy callando la verdad. Y eso no puede ser, eso no es sincero. Además, quien otorga poder puede, igualmente, quitarlo. Fue un soplo de aire fresco conocer a alguien que me diera la razón, que compartiese mi convicción sin reservas, y que, de hecho, la aplicase en su trabajo. En su impresionante trabajo.

Entre todos aquellos paralelismos, incluso hubo uno, quizás el más llamativo, que terminó por hacernos íntimas en aquella merienda. Nuestra inspiración llegaba de fuentes tan similares... Aunque de esto, me temo, no puedo hablar más. Demasiada verdad de golpe.

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