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Nunca me eches de menos.

No te atrevas a echarme de menos.

Llámame a gritos.

Te lo puedo decir más alto, pero no más claro. No sólo escribo yo en toda mi generación, pero me consta que soy la única que te escribe a ti, incluso cuando es para mí. Siempre he estado trabajando, mejorando, estudiando y perfeccionando lo que me gusta hacer. Y cuando me cansaba de trabajar y necesitaba un respiro, buscaba fuera. De tanto buscar, te encontré. No voy a describirte, ni a contarte lo que siento por ti, de sobra te sé de memoria y ya me has hecho más de un examen; sabes lo que es absolutamente tuyo y lo que… Aquí no, que hay mucha gente. Es el mal de mi generación, ¿sabes? Al final, todas sufrimos de lo mismo. El miedo que damos es proporcional a la belleza que regalamos. Hay quien se atreve a tomarla y reclamarla como suya, quien se atreve a presumir de nosotras y gritarlo a los cuatro vientos…, y luego estáis todos los demás. Los que sabéis que podríais poseer un tesoro y no sois capaces de mirarlo, por no asumir que lo queréis. Por no poner en la balanza lo que tenéis y lo que podríais tener. Engañar a una y hacer sufrir a la otra, para total… quedar sediento.

Mis compañeras han sufrido mucho, y, a diferencia de nosotros, que, como Príamo y Tisbe, nos hemos pensado siempre a un muro de distancia, han estado piel a piel. Un año, tres, quince. A sexo y lágrimas. Es una locura. La dependencia emocional de la gente sensible es tan inmensa… Cuando un intelectual se ve vencido por el talento ajeno, y conquistado, sabiendo lo excepcional que es eso… Somos prisioneras. Y nosotras mismas hacemos de carceleras, adorando al verdugo. Luego se preguntan todos cómo es posible que nos dejemos maltratar así. ¿Cómo sigues buscándole?, ¿qué te aporta?, ¿no ves que, si te quisiera, te buscaría?

Ese es el problema. Que me buscaste tanto hasta engancharme… Y que me sigues buscando con cada gesto. Que me buscas si callo y no sonríes en un mes. Por supuesto que ellos no lo ven, y por supuesto que, más que gestos, querría yo palabras, pero ahí están y los leo día a día. Da vértigo amarte tanto, pero sobre todo da rabia haber llegado tarde. Podrías saltar de ese tren en marcha y subirte a mi carruaje; sólo voy un poco por detrás. Pero parece que te da miedo saltar, y no lo entiendo, porque el tren va muy, muy lento. En el carruaje llevo vendas y ungüentos, si es eso lo que te preocupa, y agua fresca, que sé que te mueres de sed. Toma, te he servido un vaso. No se brinda con agua, pero se muere sin ella.

No quiero telegramas que me instan a creer mentiras y a acoger a otro truhan, como si no los escribieses con sangre

No quiero telegramas que me instan a creer mentiras y a acoger a otro truhan, como si no los escribieses con sangre. Ahórratelos. No hay sitio para otro en este carruaje, no estoy aquí por necesidad. Si tú no vienes, puedo seguir el viaje a solas, porque esa es mi costumbre y así busco yo mi corona. Aunque no lo parezca, soy más fuerte que ella. Y, seguramente, más fuerte que tú.

Esta es mi generación. Así amamos todas, y así creamos nuestras mejores obras. Nuestra poesía, nuestra narrativa, nuestros cuadros, bailes, canciones, nuestros escenarios y nuestras películas. Para nosotras sois una inspiración que nos ha llevado al séptimo cielo, y que nos arrancáis siempre que os place, dejándonos sin alas, a merced de una caída en picado. Son ya muchos golpes, y nos preguntamos si es obsesión lo que sentís, o si nos veis como vuestras putas. ¿Es eso posible? ¿Eso merecemos, después de tanto esfuerzo, tantos años de trabajo y dedicación?, ¿después de perfilar un espíritu que queremos más sublime que bello, es eso lo que merecemos? ¿Ser vuestras putas? No sería justo, deberíais querernos más y mejor. Deberíais salir a la luz y presumir de conquista, de dedicatorias, de “sí, amigo mío, lo creas o no… me eligió a mí”.

Pero sois cobardes, y, como bien dicen los sabios del carnaval: un hombre cobarde no conquista a una mujer bonita. Habréis de quedaros con las que, por suerte para vosotros, son mayoría.

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