Ganar la guerra para hacer la revolución

Volvemos a tener la necesidad impetuosa de ir a las elecciones mínimo tan unidos o tan fragmentados como las derechas

Luis Jiménez Navarrete

Secretario de Memoria Histórica de las Juventudes Socialistas de Málaga capital

Yolanda Díaz junto a Nadia Calviño en la anterior legislatura como ministras del Gobierno.
Yolanda Díaz junto a Nadia Calviño en la anterior legislatura como ministras del Gobierno. Flickr, PSOE

No deja de ser extraño el hecho de tenerse que referir a un pseudo dilema de los republicanos españoles de la guerra civil para tratar de expresar el mal llamado miedo, que en realidad es una mezcla de desesperación y de intentar, de una vez, esquivar la piedra que muchas veces nos hizo tropezar, sobre el futuro más inmediato de cara a las elecciones generales de finales de este año del espacio a la izquierda del PSOE.

PCE, Más País, Podemos, Equo, En Marea, En Comú Podem, Izquierda Unida, Compromís... todos tan distintos y tan iguales al mismo tiempo. La izquierda situada a la izquierda del PSOE ha tenido históricamente el mismo error, el que hizo al bando republicano perder las opciones que hubiera tenido de ganar la contienda, el que ha hecho imposible en tantas ocasiones conformar gobiernos de izquierdas y se los ha regalado a la derecha: la división. 

No voy a entrar, porque no lo veo necesario para cualquiera que entienda de lo que estoy hablando, en desgranar ejemplos de esto (El 4-M de Ayuso, el 19-J de Moreno Bonilla, las generales del 2000 o del 2015... y más elecciones en las que la memoria colectiva dicta que barrió el PP, pero que habrían estado ajustadas con la unión y la movilización de la izquierda en torno a uno o dos candidatos) pero para remarcar cuanto tiempo lleva esta piedra haciéndonos tropezar, recordemos que, si bien el ejército sublevado contaba con mucha más formación militar que las milicias populares republicanas, fue la desunión de estas, divididas por el dilema de anteponer una victoria militar para salvaguardar la república o priorizar el estallido de una revolución social al estilo bolchevique, lo que acabó por decantar la balanza.

De pura lógica es pensar que después de que costara el perder una guerra, con la dictadura, la represión y la persecución posterior, la izquierda había aprendido la necesidad impetuosamente histórica de no fragmentarse en mil partidos u organizaciones cuyas diferencias solo entienden los líderes que promueven la división. 

Bien, pues no. Llegó la democracia y así lo vimos; primero durante el bipartidismo, donde mientras el PP aglutinaba absolutamente todo el espectro de la derecha, el PSOE siempre tuvo ahí, llámalo PCE O IU, un partido con una base sólida de entre un 5% a un 10% de los votos depende de la ocasión, que hubiesen sido vitales para mantener gobiernos si esos votos hubieran ido a parar a la única fuerza de izquierdas que garantiza la posibilidad de gobernar, el PSOE. Por poner otro ejemplo, el de las generales de 1996, donde la izquierda perdió el gobierno tras 14 años ininterrumpidos porque la escasa diferencia en votos que dio la victoria al PP de José María Aznar (1,16%) se transformó, por el cálculo de nuestra Ley D’Hont, en una diferencia insalvable en escaños (15). El PSOE obtuvo el 37’63% de los votos, y el PP el 38’79%. La diferencia, es que ellos agrupaban todo su espectro político, cosa que de haber sido igual en la izquierda, de haberse hecho el PSOE con los votos de IU, hubiera obtenido nada menos que el 48’17% de los votos. Haciendo un cálculo rápido con una calculadora de D’Hont vemos que el PSOE habría obtenido datos cercanos a la mayoría absoluta y el PP de Aznar no sobrepasaría los 150 escaños. Es decir, el bigotes nunca habría sido presidente. Supongo que la infinita mayoría, por no decir todos los votantes de IU hubieran preferido que siguiera gobernando el PSOE antes que Aznar, pero fue precisamente la división en la izquierda lo que matemáticamente llevó al peor presidente de la democracia a la Moncloa.

Y esto ocurre, aunque no esté en el debate político de la izquierda actual, por la exagerada capacidad que tenemos las personas de izquierdas para desencantarnos de un partido o de un dirigente a la mínima ocasión, lo que nos ha llevado muchas veces a, por no unirnos o movilizarnos en torno a para lo que algunos sería un “mal menor”, tener que tragarnos años y años, victorias y victorias de para lo que todos es el mal mayor.

Yo soy socialista, como creo que ya sabéis, pero estoy seguro de que tengo una ideología mucho más cercana a cualquier simpatizante o afiliado de Podemos o de IU que a uno del PP. Se puede trabajar juntos en base a los principios que rigen a todos los progresistas: La justicia social, el odio a la desigualdad y la conquista de nuevos derechos y libertades. El gobierno de coalición progresista da buena cuenta de ello, tal y como dice el Presidente Pedro Sánchez "Que aunque a veces haya desacuerdos, trabajamos para proteger a la mayoría social del país". Y lo hacemos subiendo el SMI, creando el IMV, revalorizando las pensiones, acabando con los trabajos precarios o destinando la mayor partida de la historia para becas. Políticas que llenan neveras y estómagos, que permiten estudiar o que son base sustentante de familias que con el modelo del "sálvese quien pueda" de la derecha privatizadora, mañana contarían céntimos para rellenar el biberón de su bebé.

Si bien es cierto que pedir la unión de toda la izquierda en únicamente el PSOE (como en el ejemplo del 96) pese a que sería lo mejor, es utópico e ingenuo por mi parte; lo principal es hacer hincapié en que nos acercamos a unas elecciones generales en las que las gentes de izquierdas nos jugamos mucho y vuelven a aparecer los fantasmas de la división.

Seamos claros y partamos de la base que estas elecciones solo pueden acabar o con la reelección del gobierno progresista presidido por el PSOE de Pedro Sánchez y con el apoyo de los partidos a su izquierda, o con la conformación de la coalición del miedo PP-Vox, que ya gobiernan juntos Castilla y León, cuyas políticas nos pueden servir de aviso premonitorio de lo que pasaría a nivel nacional si la ultraderecha se sienta en el consejo de ministros. Partiendo de ahí, hay que remarcar que volvemos a tener la necesidad impetuosa de ir a las elecciones mínimo tan unidos o tan fragmentados como las derechas. Ya sabemos que ellos concurrirán con dos listas (PP y Vox), pues nosotros tenemos que decidir si queremos dar la batalla en igualdad de condiciones yendo con dos listas (PSOE y Sumar), o queremos dispararnos en el pie antes de iniciar la carrera yendo con 3 (PSOE, Sumar y Podemos), o incluso si queremos pegarnos dos tiros, uno en cada pierna, y hacer la carrera gateando presentando 4 listas (PSOE, Sumar, Podemos y Más País) etc. Cuantas más listas, más plomo en nuestras rodillas.

Podemos tiene que aceptar integrarse en el proyecto político de Yolanda Díaz y sumar, nunca mejor dicho, a la conformación de una sola candidatura que aúne a toda la izquierda, a la izquierda del Partido Socialista, en una sola candidatura. Esta es la única forma de plantear batalla, con una izquierda alternativa en torno al 15% de los votos que frene el beneficio que Vox obtiene con las divisiones al aplicar D’Hont y bajarles a los 30 o 40 diputados, insuficientes para sumar mayoría absoluta con el PP. Su contrario significa tener dos fuerzas en torno al 7-8% de los votos que no pasan de las dos decenas de diputados, y allanando el camino al recorte sistemático de derechos que traerían las derechas.

Y tienen que aceptarlo porque Yolanda Díaz tiene la capacidad política de crear un frente amplio que aglutine un buen porcentaje de votos para la izquierda a la izquierda del PSOE, mucho más del que tiene Irene Montero o Ione Belarra. Aunque hacerlo provoque perder el control de ese espacio, que parece que es lo único que piensa Podemos, sobre todo, ya sabemos quién, que parece no querer irse y sentirse cómodo manejando de puertas para dentro. 

Los valores que tenemos todos los que somos de izquierdas tienen de una vez por todas que hacernos capaces de ver más allá y entender lo que está en juego. El próximo 2 de Abril Yolanda Díaz anunciará su proyecto Sumar y espero y deseo que englobe a cuantos partidos sea posible de la izquierda a nuestra izquierda para poder reeditar un gobierno que protege a los eternos desamparados. La gente no entendería otra cosa, esta vez no podemos caer en errores del pasado.

Acabando con el mismo ejemplo con el que comencé, no se puede hacer la revolución mientras estamos en guerra, porque supone dividirnos frente a un enemigo común y unido. Para hacer la revolución primero hay que salvar a la república. Y para llegar aún más lejos y conseguir acabar de transformar nuestro país de arriba a abajo, primero hay que ganarle las elecciones a la derecha.

PSOE y Sumar. Pedro y Yolanda. Estos son nuestros carros de combate. Ni uno más, porque sumarle aditivos es restarle posibilidades de éxito y no podemos fallar.

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