'A garden party at Marlborough House' (London News, 1888).
'A garden party at Marlborough House' (London News, 1888).

Todos tenemos un pequeño yo y un Gran Yo. El pequeño yo es aquel que tiene manías, tics y caprichos, el que se pelea con sus allegados o se rompe una pierna, el que se echa a temblar o se queda sin palabras. El Gran Yo es aquel hacia el que pequeño yo se embarca cuando decide dejar de fumar, cuando descubre que una convicción era un prejuicio, cuando pierde su partido y no se acaba el mundo. Cuando aprendemos una lengua o investigamos sobre los romanos o Mozambique, caminamos por los senderos del Gran Yo. El círculo de nuestro pequeño yo se abre, se abre, se abre y va soltando hábitos, objetos, ideas e incluso personas que antes nos parecían  imprescindibles y que ahora no entendemos cómo pudimos aguantarlas durante tanto tiempo.

Ese Gran Yo está ahí para todos, esperándonos. Sin embargo, por más que nos aventuremos en su búsqueda terminamos por retroceder. Nos daremos un golpe en el pie, conoceremos a algún angelito, sufriremos un desorden intestinal de primer grado o leeremos una noticia exasperante que nos recordará lo que era estar encerrados entre las cuatro paredes del pequeño yo. Siempre estamos entrando y saliendo, rompiendo barreras y corriendo a refugiarnos tras ellas a la primera señal de peligro. Pero no hay de qué preocuparse. Las tonterías que abandonemos difícilmente nos tentarán a la vuelta. Igual pasa con muchas de las cosas de las que creíamos habernos desprendido temporalmente: las jugosas miguitas de pan por el camino estarán duras como una piedra al día siguiente.

La pregunta que se hacen algunos es si el Gran Yo realmente está ahí, porque parece que por mucho que corramos detrás de él nunca le damos alcance. Soltamos nuestro chovinismo, soltamos nuestro sexismo. ¿Dónde se ha metido? Soltamos nuestra intolerancia, soltamos nuestra petulancia… ¿Dónde está el maldito? Siempre más allá. ¿No será que nuestro pequeño yo necesita un Gran Papá que le asegure que todo va a ser como él se imagina? Que lo que está buscando es un mundo como el que él conoce, pero más bonito y más limpio... ¿No será éste otro de sus prejuicios, de sus manías?

Nuestro pequeño yo continuará su paseíllo de baldosas de oro sin saber adónde le lleva. Si no se queda a vivir en alguna de las posadas, seguirá caminando, más allá de su casa, más allá de su ciudad, más allá de su país, más allá de la Tierra, más allá de la luna, más allá de Andrómeda, más allá de ser una forma de vida basada en el carbono, más allá del universo, más allá de todos los universos posibles, más allá de la vida y la muerte, hacia eso que no está en ningún sitio pero tiene una sucursal en su corazón.

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