Fútbol y masculinidad

Soy hombre, he ido a estadios, veo fútbol, fui socio de un club, me gusta el fútbol, y sé de lo que hablo.

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Juan Miguel Garrido Peña

Miembro de la Asociación de Hombre Igualitarios de Andalucía. (A Rocío siempre, antes, después y luego)

Un campo de fútbol en una imagen de archivo.
Un campo de fútbol en una imagen de archivo. MANU GARCÍA

El patriarcado en su objetivo de división asigna unos valores. Así, fuerza, virilidad, dureza, y competitividad, son atribuidos al hombre, dándoles valor y reconocimiento social, y ternura, afectividad, delicadeza, son asignados a la mujer, con menor valoración y consideración. De esta forma los valores masculinos se encuentran reforzados, en tanto que los femeninos son infravalorados.

Este reparto no es casual, y tiene como objetivo el empoderamiento masculino, y el empobrecimiento de todo lo relacionado con la feminidad. En los deportes y en el fútbol en particular, observamos la habilidad del sistema patriarcal para hacer aparecer lo masculino como lo neutro, es decir, lo de todos. De esta forma el fútbol practicado por las mujeres es llamado fútbol femenino, mientras que el practicado por los hombres, fútbol sin más. Con esta estrategia se fija lo masculino como hegemónico y de todos, y se quita relevancia y valor al de las mujeres.

El fútbol es un deporte de masas, y quizás donde con mayor claridad se realzan y revalorizan los valores de la masculinidad, expresiones del tipo de, el fútbol es cosa de hombres, o las mujeres no entienden de fútbol, junto al éxito, el culto al cuerpo, la virilidad, la fuerza, la competitividad, y la agresividad, conviven en un mundo en el que la figura masculina es omnipresente. Las gradas de los estadios son ocupadas por ellos. Hombres que gritan, insultan, y agreden, por “amor” a unos colores, y la pertenencia al grupo.

Las mujeres en los estadios constituyen la nota humana, el sentido común, la racionalidad de que suelen adolecer las hinchadas, pero su presencia aún levanta suspicacias, y son vistas como extraños en un espacio que no les compete. A raíz del auge del fútbol femenino un conocido periodista deportivo ya jubilado, hizo unas declaraciones burlándose y descalificando a las jugadoras por su poca fuerza e incapacidad física para ejecutar este deporte.

El fútbol es un deporte de masas, mueve pasiones, y como tal debe tener innumerables valores positivos, pero es sobre todo un deporte de hombres, que expone y publicita los valores del patriarcado, la agresividad sobre los afectos, lo masculino sobre lo femenino. Los cánticos, expresiones, insultos, agresiones físicas y verbales, las ofensas racistas, homófogas, xenófogas, la simbología fascista, la fuerza de la manada sobre el individuo. La trampa, el topo vale para lograr el objetivo. El espectáculo del fútbol en muchos aspectos, es justo lo contrario de lo que una sociedad democrática e igualitaria demanda.

Es también uno de los deportes donde la homosexualidad es tapada y reprimida. Se cuentan con los dedos de una mano los jugadores que han salido del armario. En una reciente entrevista un periodista especializado, afirmaba que ello se debía a que los grandes intereses comerciales existentes en torno al fútbol lo impiden, y que una declaración de esta naturaleza podría suponer cuantiosas pérdidas económicas para los patrocinadores. Creo que no, que la razón hay que buscarla en otros lugares. Romper las reglas siempre cuesta, y en un mundo de hombres más. Declarar abiertamente la homosexualidad es quebrar la disciplina del grupo, las normas de la masculinidad, no ser hombre, y es exponerse al castigo que damos a quienes se atreven a cuestionar nuestra hombría. Insultos, cánticos, burlas, pérdida de valor, olvido, y abandono.

El fútbol lo inunda todo, acapara las portadas, las noticias de deportes de los telediarios, los portales y medios online. Todo los demás es secundario. El fútbol paraliza países, parlamentos, reuniones de gobiernos y genera millonarias pasiones, e incalculables beneficios. En los centros educativos el fútbol sigue siendo uno de los instrumentos de socialización del patriarcado y de dominación masculina, ocupando los espacios destinados al juego, y convirtiendo en marginales el resto de actividades. De esta forma ya desde edades tempranas, se transmiten los valores de la masculinidad hegemónica y tóxica que en parte el fútbol empodera.

El fútbol es un deporte bonito, y debe ser realmente meritorio cuando millones de hombres, fundamentalmente, lo siguen en todo el mundo, pero para mi es el espectáculo del fútbol es la clara y manifiesta expresión de un mundo dominado por los hombres, que hace residir su poder en las jerarquías, y la violencia. En la liga española de primera división no hay una sola mujer arbitra, presidenta de club, ni por supuesto entrenadora. Hasta hace poco el rol de las mujeres en los estadios, era de acompañantes, novias, madres, esposas.

El espectáculo y el negocio del fútbol transmite a los más jóvenes unos valores que no son ejemplares, pero que al patriarcado le interesa perpetuar. Cambiar estos referentes, dejar de visibilizarlo y empoderar, es otra de las tareas que tenemos los hombres si queremos cambiar.

Soy hombre, he ido a estadios, veo fútbol, fui socio de un club, me gusta el fútbol, y sé de lo que hablo.

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