Por primera vez, coger un pincel que consta de un solo pelo, me dejó perplejo, no sabía de su existencia. Me habían invitado al estudio de un pintor único junto al gran río. A continuación, pude ver el retrato que le estaba haciendo el difunto Hipólito Viana Lobato a Juan Manuel Suárez Japón, Rector entonces de la Universidad Internacional de Andalucía, con un realismo capaz de paralizar mi tiempo, gesticulé, pero sin poder articular palabra.
Pinacotecas exponen sus icónicas pinturas, recibiendo personas ávidas de disfrutar arte. Las exposiciones permanentes, temporales e itinerantes son públicas, sin embargo, los trabajos de restauración, tareas de conservación, autenticación, investigación y adquisición de nuevas obras, con muchos enamorados de su trabajo, no se ven, pero han de valorarse.
Y es muy triste la oscuridad. No concibo un artista, creador de sensaciones, reflejo de visiones y sueños, que quiera que sus cuadros estén en un sótano bien cuidado o cámara acorazada, aunque sea del Museo del Prado.
Decenas de miles de cuadros posibilitarían hacer una ruta de exhibiciones en muchos grandes pueblos y comarcas de la España vacía. Otros muchos, podrían colgar en sedes universitarias y en instituciones del Estado en vez de estar en estado de soledad y silencio. Fomentemos el arte a través de la cultura de paz, valores y dignidad, a lo largo de nuestra Península Ibérica.
Comprado con dinero de todos, no se justifica, por falta de espacio físico, no difundirlos. Póngase nuestro territorio en valor con ayuda de dignos nuevos museos, donde el beneficio social, cultural y económico que producen estas verdaderas expresiones plásticas, sea inmediato y motivo de orgullo de todos, el conocer, vivir y disfrutar de estos tesoros escondidos.
