Convivimos con familia y amigos, de una manera permanente e incluso con visos de indefinida. En la infancia, más intensamente con los abuelos, en la adolescencia con los tíos y en la independencia económica, con los padres, son ejemplos de parentela vividos.
En días pasados, hemos despedido a mi tía Aní, la hermana mayor de mi madre. Una vida marcada por la ausencia temprana de mi tío Andrés, el fallecimiento en trágico accidente aéreo atlántico de mi primo Yauma, junto a su enfermedad que le llevó a una etapa final en cama, soportada con la alegría de su nieto Silvio y su hijo Juanlu. Le facilitaron años a una mente brillante.
Me pude despedir de ella, con risas y llantos, en ese día regalado en pleno decaimiento, sin dolores y con una sonrisa en su relajada cara. A los dos días, siendo XX-II-MMXXVI, falleció en el hospital.
Quería enterrarse junto a mi tío y mis abuelos maternos en la tumba del cementerio municipal de Sevilla. En el tanatorio, junto a un limequat y buganvilla -ya plantados en su memoria-, y una corona de flores silvestres, la velamos.
En el Véase previo al enterramiento tuvimos fortuna, nuestra propiedad familiar no estaba destruida por la caída masiva de árboles a causa de la manga de viento del 2 al 6 de febrero. El sepelio, tras el coche fúnebre, previa firma asumiendo la total responsabilidad ante cualquier accidente dentro del campo santo, cerrado a cal y canto a visitas, fue más impactante si cabe.
Cipreses yacían sobre lápidas partidas, jarrones rodando, plásticos cubriendo huecos, a espera de su reconstrucción. Cuadrillas forestales, profesionales de la motosierra, hubieran actuado de manera inmediata ante esta emergencia de nuestros sentimientos. El daño ya estaba hecho en una emergencia emocional.
Se ha reabierto al público el viernes 6 de marzo, donde mi tía Aní Montes Martín, ya Descansa en Paz. Mañana tendremos un recuerdo en nuestra Marchena natal.



