Bar La Angarilla, en el sevillano barrio de Tiro de Línea.
Bar La Angarilla, en el sevillano barrio de Tiro de Línea.

¡¡Vámonos!! Es el grito de acción inmediata dirigida al fiel compañero, podenco, bodeguero, ratero o perro de agua, que salta como un resorte y se acula en la trasera, sobre la mitad de la angarilla de esparto.

La zoleta, escardilla o azada en un lado, con el cabo hacia arriba, el almuerzo —parada obligatoria—, el transistor o radio para escuchar el parte del tiempo, la libreta donde apunto lluvia tras lluvia los litros caídos —van un 35% menos y es que el Cambio Climático lo certifica ya hasta las primas de los seguros—, la hogaza de pan de masa madre en la talega, la damajuana forrada de mimbre o palmito, el rollo de cuerda de cáñamo, el sombrero de paja de repuesto, el cesto de caña y varetas de olivo como huevera y la navaja para injertar. La vuelta se completa con las hortícolas y fruta del tiempo, lo necesario para el día y en su punto óptimo de maduración.

Sobre motocicleta modelo vespino o cady, consumiendo un depósito de gasolina por semana, con una biznaga en la boca, sombrero de paja con barbuquejo, va camino rural sin asfaltar —la velocidad no es recomendable en estos pagos con tanto perro, gallinas y niños en bicicleta—, a la parcela que tanta hambre ha quitado y quita, con la angarilla a cuestas.

He visto tristemente una memorable angarilla de esparto, de eje estrecho, junto a contenedores de residuos sólidos urbanos ayer, en muy buenas condiciones y con tanto miedo covid, con ayuda de un palo la he inspeccionado. Los listones o travesaños que lleva hacen de armazón de ese trenzado de fibra vegetal que nos proporciona nuestra tierra, silvestres el esparto y palmito, y cultivado el cáñamo. Era, es y será el Amazon de los pueblos, a su propio domicilio, incluso en días festivos.

Desconocía el término cangayas, angarillas amplias hechas con vigas curvadas, para transportar a lomo mieses y corcho, donde por la naturaleza del terreno no pueden transitar los carros, y recordaba la cantarera como lugar donde se depositaban en casa los cántaros de agua, generalmente en el hueco de la escalera del soberao.

¿Cuántos viajes habrá dado, con productos de variedades locales, saludables —nada de organismos genéticamente modificados, ni productos químicos de síntesis, pues son para comer—, dejando tanta riqueza de aromas y nutrientes en casa y vecinos de calle? Alguien la ha cogido y colocado encima del muro —a modo equivalente de angarillar el mulo— del solar colindante, con el fin de alzar la voz de reconocimiento a esta artesanía tan útil y sostenible, que no se puede perder. Hoy ya no está la “jangarilla” a modo h aspirada —útil de cuatro senos para portar cántaros u otras cargas en las caballerías—. Espero que siga sirviendo y dando tanta vida al mundo rural, como serones, cuévanos y capazos, cada uno en su misión y procedencia.

“Primero compraron la angarilla que la mula” y “de la cuerda a la silla hay una angarilla” da muestra en refranes, de la no tan reconocida importancia de los útiles rurales.

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