Fue un 15 de mayo

Nosotros, que no podíamos poner cara al enemigo, que no podíamos correr delante de nadie; nosotros decidimos sentarnos. Fue un 15 de mayo.

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

Una de las sentadas protagonizadas durante el movimiento 15-M. FOTO: ADICAE.
Una de las sentadas protagonizadas durante el movimiento 15-M. FOTO: ADICAE.

El martes me desperté pensando en la Transición, una época que por edad solo he podido estudiar y por generación no me tocó vivir. Es lo que tiene nacer en los 80: que cuando ves la luz como españolita tienes la sensación de haber llegado demasiado tarde a una fiesta que se acabó hace tiempo. Los que nacimos después siempre pensamos que nos hemos perdido algo, que lo divertido estaba ocurriendo en otra parte mientras nosotros flotábamos por el éter. Es muy llamativa esa sensación, entre la añoranza y el miedo. ¿Cómo echar de menos y al mismo tiempo temer lo que no se ha vivido? Quizás porque los que tenemos conciencia política sentimos que aquello también nos forjó a nosotros. Apenas dos meses después de que el dictador muriera, la gente se lanzó a las calles para demostrar que eran suyas, para pedir amnistía, democracia y libertad. Fueron pocos los que se quedaron en el portal o en la acera. Y muchos los que pisaron de lleno el asfalto. Había mucho que cambiar. Eran los 70.

Los que no vivimos aquello, ni corrimos delante de los grises, ni recibimos los porrazos en la espalda, ni lloramos de emoción cantando La estaca, nosotros también creímos encontrar nuestro momento en la historia. Para algunos ocurrió hace siete años. Parece mentira que hayan pasado ya siete. Unos cuantos acamparon en la Puerta del Sol, muy cerca de donde se hallaban años atrás los calabozos de la Dirección General de Seguridad. Comenzaron siendo unos pocos pero contagiaron de entusiasmo otros muchos escenarios. Las plazas de España entera se llenaron de pancartas, asambleas improvisadas y un sistema de gestión alternativo. Aunque había niños, padres, madres o pensionistas, los que tomaron la batuta de aquello no habían vivido la Transición. Hablaban de falta de democracia, como en el 76, pero de otra manera y con otros verdugos. Reivindicaban aquello de que el poder emana del pueblo y demandaban un papel más activo que el de depositar un exiguo papelito en una urna con la prolongada cadencia olímpica. Era 2011.

Nosotros, que nunca cantamos el anuncio de La Española —esa aceituna como ninguna—, que no lloramos la muerte de Fofó, ni la de Chanquete —al menos la primera de ellas—, que no coleccionamos los cromos de Candy Candy ni leímos a Roberto Alcázar y Pedrín. Nosotros, que no supimos quién era Franco hasta las clases de Historia y que nunca tuvimos el miedo atragantado en la garganta por leer ciertos libros. Nosotros, que nos permitimos no creer en Dios, que hemos crecido sintiendo que el mundo no tenía límites, que íbamos a tenerlo todo si nos lo currábamos, que hemos amado cuando y como nos ha dado la gana, que vivimos el nuevo milenio desde nuestra minoría de edad. Nosotros también nos dimos cuenta de que la cosa estaba podrida. Y salimos a la calle, y plantamos el culo en la plaza y tomamos el micrófono, el lápiz y el papel. Salimos a recordar la división de poderes y la ponzoña. Nosotros, que no podíamos poner cara al enemigo, que no podíamos correr delante de nadie; nosotros decidimos sentarnos. Fue un 15 de mayo.

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