Del 25 al 28 del pasado octubre tuvo lugar, sin que los medios de comunicación españoles se hicieran apenas eco de la noticia, y entre las críticas de Gran Bretaña y de ACNUR, la oficina de la ONU para los refugiados, el desalojo del campo conocido, con un marcado matiz peyorativo, como “La jungla de Calais”.

Calais es una ciudad portuaria francesa de 72.000 habitantes situada en el Canal de La Mancha, en el paso del mismo nombre, frente a la inglesa Dover, y es la puerta de entrada del Eurotúnel. A cinco kilómetros de Calais había un descampado de dunas con un poblado, más que poblado agujero negro, donde llegaron a hacinarse hasta 10.000 personas en tiendas de tela y plástico sin las condiciones higiénicas más elementales, aunque posteriormente el gobierno francés instaló algunos barracones. Una veintena de retretes móviles daban servicio a los pobladores de esta “jungla”, y sólo unos cuantos grifos de agua corriente instalados en el exterior les servían para asearse o llenar sus barreños. Gracias a diversas ONG y asociaciones de ayuda, la mayoría británicas, podían comer, beber o vestirse.

Eran sobre todo sirios, eritreos, sudaneses, iraquíes y afganos que llegaban a diario con la esperanza de cruzar al Reino Unido, bien por considerar que no eran bien tratados en Francia, bien para reagruparse con familiares que ya residían en Gran Bretaña. Muchos se dejaron la vida el pasado verano en ese intento, otros muchos sufrieron heridas, porque entraban en los ferries escondidos en camiones, andando por el túnel siguiendo las vías y rodeados de cables electrificados, encaramados en los trenes o lanzándose al agua para intentar abordar un barco. Algo ciertamente difícil, porque el puerto de Calais está rodeado por unos 25 kilómetros de vallas, con concertinas de fabricación española —hemos patentado el modelo—, a las que se ha llamado “vallas de la vergüenza”. El gobierno francés ha presentado el desmantelamiento como una operación “humanitaria”, a pesar de que muchos de los refugiados han sido forzados a salir y enviados en su mayoría a centros de acogida situados al sur de Francia, muy lejos de su objetivo.

Frente a las ONG que han asistido a los migrantes, los “calaisianos en cólera”,  protestaban contra las supuestas molestias que ocasionaban los refugiados, molestias realmente mínimas. Aún así este movimiento opina que hay que reenviarlos a sus países, si es necesario con las armas en la mano. Y es que la región es un feudo del ultraderechista Frente Nacional, que ha ido ganando adeptos en Francia, como ocurre con otros partidos de extrema derecha en Europa, y que se postula como una fuerza importante de cara a las próximas elecciones en el país galo.

Desde que el emplazamiento fue desalojado en octubre, la ONG británica Refugee youth service ha alertado de que uno de cada tres de los niños que vivían en “La jungla” permanece en paradero desconocido. Los partidos de oposición al ejecutivo de Theresa May la acusan de no prestar asistencia a estos niños que han perdido a sus padres y no tienen familia. Finalmente, las autoridades francesas trasladaron a unos 1500, aterrorizados y faltos de cualquier tipo de información, a diversos campos de recepción de inmigrantes repartidos por todo el país. Persiste también el problema con los adultos, puesto que en París ha surgido otra jungla alimentada en parte con desplazados de Calais. Son 3000 personas que malviven en las calles del norte de la capital entre orines y basura a la espera de obtener el estatuto de asilo.

El Gobierno francés tiene un amplio historial colonialista —véase el caso de Argelia— y de maltrato a los refugiados. Recordemos el recibido por el más de medio millón de españoles republicanos en campos de concentración como el de Argelès-sur-Mer y tantos otros, donde miles murieron de desnutrición, enfermedades, torturados o asesinados. También entonces oficialmente se les consideraba “extranjeros indeseables” y se proponía la expulsión de todos ellos.

Es cierto que no todos los franceses son iguales; muchos han ejercido y siguen ejerciendo la solidaridad, como los que pertenecen a las ONG a las que nos hemos referido. Podemos también citar a Cédric Herrou, un agricultor de 37 años residente en Breil-sur-Roya, en los Alpes Marítimos, donde se encuentran bloqueados muchos inmigrantes desde el cierre de la frontera entre Francia e Italia. Cédric, después de otros incidentes con la justicia, va a ser juzgado el próximo 6 de Enero por haber ayudado a pasar la frontera a muchos de estos extranjeros y se enfrenta por ello a cinco años de prisión y a 30.000 euros de multa. Por otro lado, películas como Le Havre, de 1911, o las de Robert Guédiguian, el premiado director marsellés hijo de armenio y alemana, que pone el foco en la precariedad laboral y sobre todo en la inmigración, arrojan una pequeña luz de esperanza sobre el futuro de la acogida en el país de la libertad, igualdad y fraternidad.

Fuentes:

http://www.fdesouche.com/775903-breil-sur-roya-06-ces-citoyens-qui-aident-les-migrants-traverser-les-frontieres

https://personal.ua.es/es/jd-sempere/documentos/-gestadm/huir-de-argelia.pdf

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/28/actualidad/1480329293_379507.html

http://www.filmaffinity.com/es/film707306.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Gu%C3%A9diguian

https://es.wikipedia.org/wiki/Jungla_de_Calais

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/10/06/actualidad/1444149833_636094.html

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/10/28/actualidad/1477658222_608916.html

http://www.elmundo.es/internacional/2016/10/24/580da031e5fdea76218b4571.html

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