Una de las fechas más señaladas (y celebradas si enchampelamos un puente o fin de semana largo) en el calendario de los festivos, se conmemora cada primero de mayo, el Día del Trabajador.
Buscando un significado notorio que aporte algo de sentido a esta fecha marcada en rojo en el calendario, trabajar no es más que un modelo regulado de esclavitud programada. Un rendir cuentas con un porcentaje sangrante de impuestos y por encima de todo y lo más abominable: hacer realidad los sueños de otros. Vivir la vida de los demás en cierta manera. Hacer que otros se enriquezcan mientras tu cuenta corriente se debate entre el “ascomiedo”. Rodar y rodar como un hámster en la rueda del sistema. Un sistema que nos engaña haciéndonos creer que debemos competir con una jauría ficticia con la que lograr escalar. Mentira cochina.
¿Eso es mandar sobre ti mismo o tener el control absoluto de tus acciones?
Llevarte toda la vida o el periodo vital en el que somos más útiles y funcionales, trabajando para que otras personas naden en la abundancia, no es más que la panacea del siervo útil.
Piénselo, aunque le hayan pagado su salario (cosa lógica), ¿eso no es explotación?
Cubrir necesidades, y a veces ni eso, con las cuatro migajas de un sueldo que dan ganas de llorar o de enterrarse vivo.
En este mundo saturado de frases hechas que tabican el día a día —esas que aparecen serigrafiadas en tazas de cerámicas o en banners de Linkendin—, trabajar es sentirse realizado. Razón no falta. Pero es una razón incompleta. Adulterada desde casi los albores de la civilización y que otorgan una pátina casi onírica a esta afirmación. Una realidad con la que escamotear la mierda bajo la alfombra. Algo diseñado para que el siervo no escudriñe demasiado tras ese inmenso decorado de cartón piedra.
El Día del Trabajador es el monumento anual a la resignación colectiva. Es una efeméride inocua mientras todo sean obligaciones a cambio de muy pocos derechos. El espejismo de que somos imprescindibles cuando en realidad somos intercambiables.
Visto lo visto, ríndase a la evidencia: no hay absolutamente nada que celebrar.
Pese a ello, si insiste, y cada primero de mayo usted decide encender la barbacoa para celebrarlo, hágalo al menos con una sin humo.
Disfrute de su ración de carne roja (mientras le dejen) y límpiese bien las manos al terminar, que con la pringue de los dedos puede que no atine a apagar el despertador al día siguiente.
Feliz lunes y que el café les sea leve.
