Falta de rigor en el sistema sanitario

Paco_Sanchez_Mugica.jpg.200x200_q100_box-190,0,950,760_crop_detail

Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

Al fondo, un operario de una ambulancia en el acceso de urgencias del Hospital de Jerez, en una imagen retrospectiva. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Al fondo, un operario de una ambulancia en el acceso de urgencias del Hospital de Jerez, en una imagen retrospectiva. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Ir al hospital de esta ciudad es deprimente. Primero, te encuentras ante una sala de espera, más sucia que el exterior del propio hospital. 

Ir al hospital de esta ciudad es deprimente. Primero, te encuentras ante una sala de espera, más sucia que el exterior del propio hospital. Los carteles de ONG tercermundistas procuran suavizar la situación, mostrándonos un panorama peor… pero lamentablemente parecen acercarse más a nuestro futuro que al sistema sanitario que teníamos antes. Cuando llegas al quirófano tienes la sensación de ir al matadero: rápido, muchos pacientes en serie, sin explicaciones, sin tacto. El suelo de muchos pasillos está repleto de pelusas y polvo, la pintura de puertas y paredes desprendiéndose, recordándonos que los años 80 y 90 ya han pasado hace bastante.

Luego están las consultas, repletas de médicos frustrados, especialmente los que llevan más tiempo. Recortes en sueldos y plantilla, prolongación de jornadas laborales, falta de medios para tratar adecuadamente a los pacientes, falta de higiene… los médicos tienen que reducir su profesionalidad, obligados por la corrupción del sistema que prometió ampararnos. Profesionales comprometidos que cobran menos que un político o asesor de político y que ni siquiera pueden ejercer en su plenitud.

En su lado oscuro, también están aquellos que te miran por encima del hombro, como si fueras un paleto. Médicos con ínfulas de título, aquellos que olvidan que ejercen una profesión que trata con humanos. Médicos que no recuerdan que su sueldo está pagado por todos nosotros. Médicos que parecen más loros de manual que científicos de experiencia. Cada paciente es un mundo, una persona… no un mero ejemplo teórico. Bajo esta premisa, abundan afirmaciones y diagnósticos efectuados con suma ligereza, sin las pruebas suficientes. La realización de análisis pertinentes es bastante escueta. La relación entre diferentes casos y sus factores y la poca exigencia para hallar las causas y solucionar el problema de raíz brillan por su ausencia.

Por una u otra razón –o por ambas- es imposible no percatarse de la falta de rigor. Médicos que no tienen los medios para cumplir con el procedimiento… y desde el otro lado más negro, científicos de vocación social que se han convertido en meros funcionarios sin criterio, acotados a los esquemas de diagnóstico más simplificados y generalistas.

Uno tiene la sensación de que le toman el pelo, de que nunca se hacen los análisis adecuados, de que nunca se tienen en cuenta las pruebas necesarias para llegar al meollo de la enfermedad y hallar el tratamiento adecuado. Salir del médico con esa sensación de que se han quitado un problema de encima, no de la forma más eficaz, sino de la forma más rápida y menos complicada… con la humillación de sentirse un cateto y con su salud en juego.

Finalmente tenemos la gran lacra capitalista, la que encontramos en esos pactos con el diablo junto a gobiernos y empresas farmacéuticas. Pactos que no permiten recetar el tratamiento adecuado para los pacientes. Todos terminamos siendo presas del mercado y de los vampiros de las instituciones gubernamentales, aquellas que regentan los permisos informáticos para que un médico recete. Incluso en contra del criterio de los profesionales de la salud, el poder político y empresarial decide cómo debemos curarnos.

Y así continúa este círculo vicioso, de ciudadanos tirados en la calle y en el propio hospital, medigando condiciones dignas para su salud y su cuerpo… Y médicos que terminan asqueados de la razón por la que eligieron su profesión: la gente. La ley siempre vigilando si pagamos impuestos, mientras olvida velar para que se guarde la profesionalidad y los recursos para los aspectos más básicos de la vida humana. Ahí estamos, manifestándonos dignamente… pero mientras lo hacemos a nosotros nos niegan, sin escrúpulos, la vida.

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído