Alegoría de la humildad.
Alegoría de la humildad.

Como los seres humanos somos en verdad muy poquita cosa, la falsa humildad no puede existir: la humildad siempre es verdadera, aunque a ratos sea insincera. Por la misma regla de tres, la soberbia siempre es falsa, tanto si se esconde bajo la humildad, cual mentira disfrazada de verdad, como cuando la aireamos desacomplejadamente. En cualquiera de los casos, lo minúsculo de su causa delata su falsedad. ¡Cuántas veces no podemos reducir nuestros orgullos y primores a azares, a azares pasados, a azares robados! Cuántas no ciframos nuestra identidad en hacer leña del árbol caído, en sacar réditos de una ocurrencia, en convertir trastos en merchandising, en saberlo todo de nada. En una fecha, en una compra, en una fotografía, en un peinado estiloso…

La cortesía, la más humana de las convenciones, en est la preuve. El gesto afectado con el que la persona cortés sostiene una puerta para el que viene detrás, o recoge lo que se le ha caído a otro, o facilita unas breves indicaciones al ser interrogada, tiene un punto heroico. Cuanto menos, de magnanimidad. Como si cerrarle la puerta en las narices al prójimo fuera el estado natural de las cosas, y uno hiciera un gran esfuerzo por evitarlo. 

La sonrisa del cortés, amplia y generosa, tiene un aire cansado… Es el cansancio de tener que invertir, con su acto diminuto, la ley de la selva; y, en este sentido, no es mero teatro. Muchos de los que devuelven una monedita que se te ha caído se lo pensarían dos veces si la cantidad extraviada fuera mil veces aquella. Y a ese que te cede gentilmente el asiento en el autobús lo verías agarrarse al suyo en una sala de urgencias. Es su insignificancia lo que permite a la cortesía ser un oasis de convivencia en el corazón de la jungla. Es (mínimamente) humilde, (mínimamente) abnegada, y como tal es verdadera. Sucede que, como todo lo genuinamente humilde, dice menos de sí misma que de aquello que momentáneamente anula.

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