Ni yo tampoco, “no estoy acostumbrado a esto” de escuchar una cuarteta en euskera en el Carnavá de Cadi:
“Zer nolako zaparra!
Nire azentua aldatu da,
ez nago ohituta honetara:
¡Qué pecha de lluvia!”
(¡Pero qué chaparrón es este!
Mi acento ha cambiado,
no estoy acostumbrado a esto:
Zenbat euri!)
Y es que, igual que a los gaditanos se les cambió el carácter, después de tanta lluvia, se les ha ido hasta el acento y la lengua. Cadi sigue siendo grande es su búsqueda de buscar la manera de expresar lo que pasa y lo que le pasa, con los cuentos de sus vidas. El bastinazo continúa siendo uno de los artefactos fundamentales en la poética del Carnaval, aunque al mismo tiempo hay bastinazos que no le interesan a nadie, así se digan en el Falla, y se puede dedicar un pasodoble de lírica meliflua a un tendedero, Las Palmeras, o un repertorio completo a las gallinas de Río Sampedro, La Shirigota Rockera de Cadi.
El Carnaval sufrió agresiones antifeministas y contra las mujeres, pero Cadi supo reaccionar. El Carnaval feminista ha impregnado y modificado, ya irremediablemente, el ritual contra la oscuridad que es el Carnaval desde tiempos de los que no hay recuerdo siquiera, pero sí intuición kantiana. Cadi sigue espantando contra los malos espíritus que se esconden en las sombras, le complican la vida a la comunidad y le arrancan la alegría de su vivir. ¿Cómo? Con las coplas satíricas. No es la crítica la que los espanta, sino la gracia con la que restalla la fusta que es la sátira. No son solo los políticos incapaces o malajes esos malos espíritus sino, como dijimos tantas veces, los vecinos pesaos, los moralistas de la moralina y el machismo con todos sus monaguillos, sus sacerdotes y sumos sacerdotes.
El Carnaval es un ritual de reencarnación, en nuestra contemporaneidad, de reencarnación del ser humano en su propia humanidad, algo que no es otra cosa que la búsqueda para ser libre y gritar contra toda opresión y la tiranía, empezando por el vecindario. Los cantos líricos, más bien oníricos, de idealización de realidades imposibles chocan contra la inteligencia del Carnaval porque adormecen los sentidos.
La danza ritual, que tan maravillosamente describió Caro Baroja para Ituren, con la que aquellos navarros arcaicos marcaban su territorio a los malos espíritus de las sombras y los acompañaban con alegría, seguramente, afuera del territorio de la comunidad, sin destruirlos, se convirtió con el paso de los siglos en la copla satírica que inventaron los predicadores cristianizadores sin plaza fija. Esa es la copla que lo mismo en Cadi que en Basilea, y en otros lugares, convertida en fusta, trata de expulsar de la comunidad mandamientos morales que no son humanos y malajes poderosos que deshumanizan el mundo.
El Carnaval feminista ya es el magma mejor del Carnaval de Cadi. Y sí, es lo que cantan, todo lo que cantan, y es cómo lo cantan, como la burla de hacer un pasodoble al tendedero de ropa como si se tratara de uno de aquellos pasodobles amojamaos dedicados a la mujer muñeca de nácar o a la belleza idealizada de una ciudad llena, sin embargo, de cicatrices y descosidos.
Cadi se sacude la caspa, sigue sacudiéndose la caspa, aunque no sea toda Cadi.



