Una de las pancartas durante la protesta feminista en Jerez.
Una de las pancartas durante la protesta feminista en Jerez. MANU GARCÍA
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Cuando los chicos de Albarregas cantaban Extremablanda, el mundo  era tan reciente que no tenía límites y la vida estaba, aún, entera. Terminaban los 70. No teníamos internet, ni teléfonos móviles, ni autovías, ni AVE (bueno, a Extremadura nunca ha llegado el AVE y los escasísimos trenes que circulan sólo viajan a la incertidumbre: nunca sabes cómo llegarás, ni a qué hora ni siquiera a dónde).

Lo que sí teníamos eran la fuerza y la determinación intactas, y el brillo en los ojos, de quienes  se saben a punto de saltar al abismo de la vida que, a veces, duele. Aquel COU en los Salesianos (el primero de la historia) nos había juntado en el punto de partida.

“Nos comeremos el mundo”, era una frase del estribillo de la canción que, casi como ocurre en Andalucía con  La Verdiblanca de Carlos Cano, es el himno oficioso de Extremadura (y porque todos los himnos llevan su correspondiente fanfarria, que si no Extremadura tendría un himno a ritmo de rock y de rebeldía).

Más de 40 años después no tengo tan claro que nos comiéramos el mundo, pero sí tengo la certeza de que no tuvimos miedo de explorar todos los límites. O, quizá sea más exacta, la certeza de que nos enfrentamos a los miedos y, algunas veces, los vencimos.

Esta concesión a la memoria personal tiene relación con dos brotes de rebeldía que me interpelan en estos días. Siempre me estremece la gente sin miedo. 

De un lado, las mujeres iraníes que se cortan el cabello y queman sus velos públicamente en protesta por la muerte (en el calabozo y a causa de los golpes recibidos) de Mahsa Amini, una joven de 22 años, detenida en Teherán por la policía de la moralidad. Su delito era llevar el velo mal puesto. Siempre me he preguntado cómo harían las feministas de oriente para sobrevivir en condiciones tan extremas de desigualdad y de opresión. Y, también, cómo el feminismo podría contribuir a mejorar la vida de las mujeres de oriente, con sus ritmos y con sus creencias. 

Y me asombra verlas valientes, solas, prendiendo la mecha de la rabia y entre muchas personas que se rebelan ante la barbarie contra las mujeres. Concentraciones de jóvenes, en las calles de diferentes ciudades y en centros universitarios, que se enfrentan a la policía islámica. Ojalá ellas y ellos devoren el mundo que invisibiliza, domina y maltrata a las mujeres.

Y de Irán a Rusia. En más de 40 ciudades, según informa la prensa internacional, también han habido protestas contra la movilización de reservistas que Putin acaba de decretar para que luchen y mueran en su guerra. Esta es una guerra maldita, que perderemos todos si no conseguimos pararla. Pero quienes más la sufren, junto con las víctimas de Ucrania, son las y los rusos que se enfrentan al tirano y se oponen al delirio de su guerra. Se juegan la vida entera. Ojalá devoren al monstruo grande que destruye la inocencia y arrasa la vida de la gente.

Extremablanda habla también de cómo los gusanos royeron los huesos de los antiguos conquistadores y de que nadie pise nuestro nombre. Ayer me enviaron la primera versión grabada en condiciones (las anteriores eran en cassettes que se desenrollaban con el boli bic) que, ojalá pronto, verá la luz.  Y no dejo de pensar en quienes hoy están a punto de saltar a la vida, que a veces duele.

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