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Muchas veces parece como si, en esta ciudad del siglo XXI, el ardor de la cultura continuase siendo un derecho sólo para católicos.

Estupor es la primera palabra que se me vino a la mente y al corazón cuando leí la noticia del ciclo de conferencias Una mujer vestida de Sol, organizada por la delegación de Dinamización Cultural de nuestro Ayuntamiento este viernes pasado y hoy sábado, en la Sala Salvador Díez, del conjunto monumental de el Alcázar.

La palabra estupor viene del latín stupere que significa “estar aturdido, quedarse pasmado, volverse estúpido”. La RAE la define como una “disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire de asombro o de indiferencia”.

Todos estos esclarecimientos describen perfectamente lo que siento cuando veo que una institución pública dedica, con dinero público, su programa de “dinamización cultural” (sic) a “mover a devoción” (sic) mariana, en un espacio de patrimonio histórico —islámico para más inri— a través de un ciclo de conferencias en los que la “mujer vestida de oro”, es objeto —una vez más— de discursos y acciones exclusivamente de hombres: ninguna historiadora del arte ha sido convocada, ninguna hermana vestidora (Word me subraya esta palabra como incorrecta), ninguna archivera, ninguna diseñadora de joyas u otros objetos del culto mariano…

Estas actividades, según reza (nunca mejor dicho) el programa, concluirán con una visita a la Casa-Hermandad del Santo Crucifijo, de San Miguel, para ver el ajuar procesional.

Seguramente me equivoco, pero muchas veces parece como si, en esta ciudad del siglo XXI, el ardor de la cultura continuase siendo un derecho sólo para católicos.

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