Ayuso y Casado, enfrentados por las celebraciones navideñas y la libertad de la hostelería.
Ayuso y Casado, enfrentados por las celebraciones navideñas y la libertad de la hostelería.

Las estadísticas son parte inseparable de nuestra vida, exactamente como lo son las creencias y las religiones. Nuestras vidas están llenas de incertidumbre, qué tiempo hará mañana, quién ganará las próximas elecciones. Pensamos que hemos aprendido a vivir sin incertidumbre, y sin la tranquilidad estoica que la incertidumbre aportaba a la vida. No nos damos cuenta, pero vivimos en un sin vivir permanente de predicciones hacia el futuro que nos impiden vivir el presente. Nuestras vidas son un ir a uña de caballo hacia el futuro, sin darnos cuenta que nuestro verdadero futuro es única y exclusivamente la muerte: ¿tenemos tanta prisa?

La estadísticas, además, nos lo dirían todo, incluso que yo me comí medio pollo, yo que soy vegetariano, porque estábamos dos y había uno para comer. Es matemático, y ya se sabe que la matemática es sinónimo de la verdad, porque con un numerito nos ofrece la solución a un mundo demasiado complicado para nosotrøs. Así que, en tiempos con dioses poco creíbles, los números quedan deificados. Las estadísticas son el perfecto monaguillo de las religiones que funcionan y el perfecto dios de las gentes con ansias de futuro y sin tiempo para hoy. ¿Qué vendrá después de la muerte?, si su religión le funciona le dará la solución; ¿qué vendrá después del 4 de mayo en Madrid, o del 26 de septiembre en Alemania? Usted confíe en las estadísticas y el numerito le dará la solución.

Otra cosa es que usted haya renunciado a toda forma de religión porque no teme a lo oscuro y ha decidido iluminar su camino con su propia linterna: si se apaga la vela, todo puede ocurrir; si toma el camino equivocado: pues lo mismo que el libre albedrío de esas religiones que a usted le parece que dan tanta seguridad, que cuando la cuenta no sale era el elemento usted, que tenía libertad de actuar, el que desbarató el plan y la cosa salió mal.

En Alemania hay ahora un debate interesante sobre quién debe tomar las decisiones para presentar a los candidatos: los órganos del partido o las prospecciones estadísticas, que ya sabemos que son más volubles y cambiantes que Markus Söder e Isabel Díaz Ayuso juntos. Dan seguridad a muchas personas y cuando la realidad se pone terca cambian de opinión, y cuando las estadísticas son las que se empecinan, vuelven a cambiar de opinión. Gozan del prestigio de grandes sacerdotes y casi nadie les interroga por sus incoherencias. Así, dos de los periódicos más influyentes en lengua Alemania se preguntan, literalmente, si Markus Söder es de fíar. Söder, católico exigente y severo, a la vez que sumo sacerdote del número, ha iniciado una dura batalla por ser el tercer candidato bávaro de la Historia a la cancillería federal alemana: las estadísticas les darían a las derechas cristianas el triunfo electoral solo con Söder.

La juventud de esas derechas se suman a la moción, que estadísticas acá o allá, lo que quieren es mano dura con los migrantes, más horas de trabajo, menos salario y ya está bien de tantas libertades si no sirven solo para los negocios; y más crucifijos por todas partes. La vieja guardia de la CDU, del partido de la Merkel y de Armin Laschet, el nuevo presidente y el otro candidato, cree que las estadísticas no deben sustituir a las decisiones democráticas de los órganos democráticos.

En Madrid acaba de comenzar la campaña electoral y ya tenemos encuestas que, sin haber escuchado siquiera las verdaderas propuestas políticas de løs candidatøs, nos dan el resultado. No podemos vivir sin incertidumbre, negamos la vida real llena de incertidumbres de toda clase y nos entregamos a la magia: las estadistas prospectivas son magia, en gran medida. O cocina, como se dice en España, cocina mágica como las recetas de Isabel Allende, del realismo mágico y sus abuelas y madres. Prefiero la cocina, con sus aromas y sus sabores y la incertidumbre de cómo quedará la receta preparada.

Las estadísticas nos roban, no por ellas mismas sino por cómo las tomamos, el proceso de escucha de los candidatos, de lectura de sus programas, de comprensión de lo que nos ofrecen y si va con nosotros o no: de la conversación. Las estadísticas, en nuestra cultureta de serie y sofá, nos ofrecen la solución en tres variantes fundamentales: no ir a votar al que nos gusta porque ya han dicho que va a ganar y yo soy apolítico equidistante, que eso tiene mucho caché; ir a votar al que va a ganar porque así soy ganador también; no ir a votar al que nos gusta porque para votar a un perdedor no abandono yo mis asuntos.

La estadísticas son creadoras de opinión, en estas circunstancias en que los procesos de vida presente se han convertido en una carrera de velocidad por el futuro. Vivimos enajenados, huyendo de todo; sobre todo, huyendo del presente. Hemos perdido la paciencia por esperar y participar del presente. Además, tememos al futuro, así que nos entregamos a las estadísticas que nos den la seguridad de que el futuro de las elecciones tendrá el resultado que necesitamos. Luego llega la sorpresa de que no nos enteramos de lo que los candidatos querían hacer e incluso lo anunciaron, más o menos.

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