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Gracias a Pablo Iglesias y a otros miembros de Podemos, me he enterado esta semana pasada de que Televisión Española, a través de La 2, retransmite misas todos los domingos y fiestas de guardar. Para el macho alfa podemita no es de recibo que la televisión pública de un Estado aconfesional, como es España —bueno, el nombre España él no lo dice, ya que debe parecerle facha—, dedique un espacio semanal a satisfacer los intereses de la audiencia católica que, por los motivos que sean —normalmente por problemas de salud y de movilidad—, no pueden desplazarse hasta los templos para asistir a misa. A más abundamiento, Irene Montero, actual pareja de Iglesias y también portavoz del grupo parlamentario que lidera su tronco, ha puntualizado que "en las misas que se retransmiten por la cadena pública hemos podido ver cómo la jerarquía católica de nuestro país incitaba al odio a las personas homosexuales o hablaba del derecho al aborto como algo abominable".

Y digo yo que si es verdad que la jerarquía católica ha estado incitando al odio, no sé a qué espera la ínclita Montero para interponer la correspondiente denuncia, ya que la incitación al odio es un delito tipificado en el código penal español. Y en cuanto a que digan que el aborto es moralmente abominable se podrá o no estar de acuerdo, pero no veo en ello delito alguno. Se trata tan solo de un ejercicio de libertad de pensamiento y de expresión, normal en un Estado democrático en el que todo el mundo tiene derecho a decir lo que piensa, incluso la Iglesia católica. Aunque a lo peor en la "democracia real" que pretende Podemos solo se podrá pensar de una sola manera, como pasa y ha pasado siempre en todas las "democracias populares" o comunistas.

Polémicas aparte, me parece lógico que un partido político que defiende la laicidad del Estado se manifieste en contra de la presencia de símbolos, y de la celebración de rituales religiosos, en los espacios públicos. De manera que, en buena lógica, la actuación de Podemos no debería limitarse solo a intentar que se prohiba la retransmisión de misas por la televisión pública, que al fin y al cabo es como el chocolate del loro del cuento, sino que debería extenderse a la eliminación de cualquier símbolo —cruces, imágenes, monumentos...— y a la prohibición de todos los rituales católicos —empezando por las procesiones de Semana Santa—, que más allá de los límites de los templos invadan el espacio público.

Mas tampoco deberían quedarse ahí, sino que del mismo modo que están suprimiendo los nombres franquistas para que no quede ni asomo de homenaje a quienes colaboraron con la dictadura, para conseguir la plena laicidad del Estado deberían decretar también la supresión de cualquier nombre que tenga relación con la Iglesia Católica, que para más inri durante la Guerra Civil apoyó al bando de Franco en vez de permanecer del lado de quienes quemaban iglesias, asesinaban a sacerdotes y violaban a las novicias. Los curas son así de raritos, qué le vamos a hacer. Y así, ya puestos, un pueblo como San José del Valle, por poner un ejemplo cercano, podría pasar a llamarse "Pepe del Valle", que es como mucho más laico, popular y campechano. Por no hablar de los barrios flamencos de Jerez, que pasarían a llamarse el barrio de Miguel —o de "Migue", que es como más familiar— y el de Thiago o Jacobo, que vienen a ser lo mismo. Y así hasta que no quedara ni un solo nombre relacionado con la Iglesia Católica en toda la geografía española.

Una vez suprimidos todos los nombres de calles, pueblos e instituciones que guarden relación con la Iglesia y sus mártires —trabajo no iba a faltar—, y excluidos los rituales religiosos de los espacios públicos, quién se atreverá a dudar de que el paro bajará hasta límites nunca vistos, los salarios subirán por arte de birlibirloque, las pensiones estarán garantizadas hasta el próximo milenio... y los programas culturales de La 2, una vez suprimida la retransmisión de la misa dominical, acabarán arrasando en audiencia, con el del eterno Jordi Hurtado a la cabeza si es que no lo suprimen también, ya que eso de "saber y ganar" puede que no tenga nada que ver con la religión, pero atenta contra el igualitarismo logsiano y y fomenta el espíritu competitivo propio del capitalismo.

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