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"Todo sea por salvarles la vida a los españoles para que cuando salgan, aunque sea medio tarados, puedan buscarse la vida en el paraíso capitalista".

Abuela, estoy contentísima. Hace unos días, la Unión Europea ha sacado a nuestro país de la Unidad de Cuidados Intensivos. Dice que vuelve a fiarse de nuestra economía. Nos han dado el alta. Salimos con un pulmón y un riñón menos, sin un trozo de hígado, —nos obligaron a donarlo a un Fondo de Inversión con sede en Delaware—, sin una córnea —el alemán que la tiene ahora dice que está encantado de parecer un husky siberiano—,  pero, al menos, estamos vivos.

Porque había que elegir entre susto o muerte y ya nos los advirtieron: «la cosa está muy mal, vamos a tener que extirparle todo el Estado del Bienestar». Nos lo dijo la jefa del equipo médico, una alemana con aspecto de institutriz de orfelinato de película de miedo que mandaba muchísimo. Sobre todo, al enfermero que dejaron a nuestro cargo, un tipo que pronunciaba las eses como si nos estuviera mandando siempre a callar. Él controlaba que se aplicara el tratamiento: «hoy, vamos a retirar unas dosis del fondo de reserva de la seguridad social; mañana seccionamos un poco las libertades públicas, sin olvidarnos de los derechos laborales; pasado, recortamos la inversión en educación y sanidad…». Todo sea por salvarles la vida a los españoles para que cuando salgan, aunque sea medio tarados, puedan buscarse la vida en el paraíso capitalista.

¡Qué razón tienen! Sin todo eso se puede vivir. Te puedes subir a una moto y repartir pizza a dos euros por entrega; trabajar de camarero en un bar de última generación (ahora te ponen la ensaladilla desestructurada y el cazón en adobo emulsionado. Es lo que tiene ser un país puntero en I+D+i) con un contrato de cuatro hora mientras echas diez o ser camarera de piso cobrando tres euros por habitación. Pero, sobre todo, puedes ser emprendedor. A mí esa palabra me encanta. Me recuerda a la serie Hombre rico, hombre pobre. ¿Te acuerdas de Rudy, el hijo del panadero alemán que trabajaba por la mañana y estudiaba por la noche y que llegó a ser senador? Un self made man, como podremos serlo nosotros cuando, de una vez, nos quitemos de la cabeza la absurda idea de tener un trabajo fijo con un sueldo decente o la de ser funcionario.

Y con este panorama, no solo se fían de nosotros los extranjeros, sino, también, los empresarios nacionales. De hecho, su confianza crece a mayor ritmo en los dos últimos años, sobre todo la de los empresarios de la hostelería y del transporte. Y es lógico: pagando sueldos de miseria (en el presente año el salario medio ha caído un 4,5%, aunque la productividad en las empresas ha crecido un 1,3%); suscribiendo en verano un 98% de contratos a tiempo parcial; contratando en fraude de ley… ¡Cómo no van a confiar! ¡Habría que ser muy incrédulo para no hacerlo!

Pues eso, abuela, que todo vuelve a ir bien. Que la persistencia de millones de parados de larga duración o de la pobreza infantil; el aumento de los ninis (somos el segundo país de la UE donde más han crecido); la escalada de la precariedad laboral, sobre todo entre los jóvenes (solo 1 de cada 5 puede abandonar el hogar familiar), solo son patrañas que se inventan los que odian a España y siempre ven el vaso medio vacío.

Espero que, ante tamaño despegue económico, España se convierta si no en el nuevo tigre de Europa, al menos, en un gatito atigrado. Y mientras tanto, comparto lo que alguien escribió en la nota que apareció sobre la tumba de Machado hace unos día. Sobre ella dejaron este mensaje: "Perdónanos por no exigir a los que nos gobiernan".

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