Interior de la librería La Nueva Nueva, en Jerez. Autor: Juan Carlos Toro.
Interior de la librería La Nueva Nueva, en Jerez. Autor: Juan Carlos Toro.

Si la vida humana es palabra, logos, no debe extrañarnos que las librerías sean esenciales. Somos seres simbólicos, poéticos y fabuladores. Nos gustan las historias y las teorías tanto como beber, comer y amarnos. En el decir y el interpretar habita esa esencia humana. La imaginación es el nexo que une a escritores y lectores… Y las librerías son las casas de la imaginación, de la creatividad. Como seres de ficción que somos, la creatividad es esencial, el núcleo de nuestra existencia simbólica.     

Hay muchas estanterías, con extraños rótulos… Nada sobra. Todos los géneros son necesarios para el ser humano. Todos los pasillos de una librería conducen a Roma: el placer. O quizás a Grecia: el conocimiento. Comedias y tragedias, novelas y ensayos, poemas y biografías, guías y diccionarios… Senderos imprescindibles para alcanzar de mil formas diferentes la felicidad.

Todo esto viene de muy atrás. Dicen los historiadores que hubo un tiempo en el que no había escritura ni libros. No sé, no sé… Todo me suena a un cuento que alguien ha inventado. ¡A quién se le ocurre que pueda haber humanidad sin libros! Y dicen que nos sentábamos al calor del fuego, bajo las estrellas, para contarnos aventuras, anécdotas, viejas leyendas… Era un momento sublime, inquietante, lleno de expectativas, cordial, es decir, era como entrar en una librería.

El olor de los libros atraviesa las mascarillas. Accedemos a una burbuja de sensaciones. Miles de posibilidades ante nuestros ojos, ante los cristales empañados. Ahí están todas las palabras esenciales, y ahí estarán. Las librerías nos acogen con una promesa de eternidad, quizás otra ficción, otro cuento. Es el calor del fuego primordial, con el ruido de las alimañas a lo lejos. Es el calor protector de las hojas, de los árboles.

No son burbujas para aislarnos de la realidad, todo lo contrario. Los libreros abren sus casas para mostrarnos todos los mundos posibles. Y nos regalan la fórmula secreta para seguir soñando con otras vidas. Las casas de la imaginación son hospitalarias. A ellas acudimos todos los viajeros, quizás porque las confundimos con Ítaca.

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