Enormes incógnitas mínimas

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Hace un par de días, ocurrió. Llevaba una vida entera anhelando ese instante y al fin se produjo. Hay momentos que justifican una dilatada espera, que le dan sentido a una tardía respuesta, por mucho que esta se haga de rogar e incluso llegue a parecernos que nunca arribará. Cuando llega esa ocasión, de pronto se alinean los planetas, los astros comparten su orientación y hasta la tostada es capaz de caer dejando intacto el lado de la mantequilla. Hay días que son así. En ellos, aprendemos lecciones vitales sin proponérnoslo y sin ser conscientes del valor de la información con la que estamos siendo bendecidos. Dos días han pasado ya desde que asistí a uno de esos infrecuentes y mágicos procesos de comunión cognoscitiva y aún no he salido de mi delectación. ¿Cómo había podido yo —pobre e ignorante mortal— levantarme a diario desconociendo la respuesta a tan trascendentales incógnitas? Al menos por el momento, ha quedado solventado. 48 horas llevo con el misterio desvelado y no quepo en mí de gozo… por fin sé por qué demonios los bolígrafos de la marca Bic tienen un agujero en su lateral. Me siento poderosa.

Éramos muchos los que vivíamos inquietos. Nos devoraba la duda. Nos podía la frustración generada por el desconocimiento. Tanto es así que ha sido la propia compañía la que ha tenido que aclararnos la existencial dubitación a través de su página web. Resulta que el minúsculo orificio en cuestión sirve para igualar la presión que existe fuera del bolígrafo con la que hay en su interior. De no ser por esta abertura esférica, nuestro pequeño utensilio doméstico podría estallar cuando lo subiéramos a un avión o, ante un cambio de presión, la tinta contenida podría también derramarse. Compruebe el lector la relevancia descomunal de ese minúsculo detalle que al fin hemos podido comprender en toda su extensión. Me siento un poco más realizada.

Una sensación parecida me recorrió el glorioso día que al fin pude atribuir una función clara al que es a diario un compañero de viaje de la parte inferior de nuestra anatomía. Me refiero, como no podía ser de otro modo, al diminuto bolsillo que acompaña en su parte delantera a los pantalones vaqueros. Resulta que unas décadas atrás, cuando eran comunes los relojes de bolsillo, estos se protegían de arañazos y golpes en el interior de esta ínfima costura. Actualmente, de esta reminiscencia histórica no queda más que una mínima pieza de tela. Parece como si el tiempo contenido en esas pequeñas maquinarias eternas de colección se hubiera detenido en parte junto a nuestras caderas.

Son aquellas pequeñas cosas, que —como cantaba Serrat— nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel o en un cajón… Esas exiguas batallas cotidianas que nos devuelven la creencia en un orden que sustenta el caos. A veces, los desvelamos, pero quedan aún muchos interrogantes cruciales por atender. La exitosa serie de la HBO Sexo en Nueva York —hoy toda una institución donde las haya— nos lo demostró en un nada frívolo capítulo titulado “El derecho de la mujer a elegir calzado”. En él, la protagonista era reprendida por una antigua amiga (y respetable madre de familia) por gastarse demasiado en unos zapatos, a lo que esta acababa respondiendo con uno de sus ya clásicos auto-cuestionamientos retóricos trascendentales: “¿Hago mal en llenar mi vida con zapatos en lugar de con niños?” Cuando nos encontramos por fortuna en uno de esos días que nos permiten dar respuesta a las preguntas esenciales, podemos incluso atrevernos a responder a esta dura cuestión: ¿En qué demonios consiste el derecho de una mujer a elegir calzado? ¿Es acaso un yermo y farragoso artificio metafórico tan huero como efectista? ¿O es más bien una elaborada analogía que sirve para plantear a las féminas treintañeras del mundo la legitimidad de una voluntaria renuncia a la maternidad? Quizás nunca lleguemos a alcanzar tales cotas de conocimiento útil, pero yo prefiero confiar en ese haz potente que nos ilumina una vez cada medio siglo. Tal vez si sobrevivimos al siguiente logremos desentrañar este último y decisivo misterio o, con un poco más de iluminación, hasta el de las ranuras del capuchón de los Carioca. Qué bello es progresar y recobrar al fin el norte.

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