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Anestesiados ya estamos, aunque no viniéramos así de fábrica. Y todavía no estamos vacíos del todo, pero casi.

Desde finales de agosto me llegan, casi a diario (no exagero), noticias de alguien con dolor de muelas. Algo debe haber en el ambiente, para que de pronto nos duelan, o bien la pieza cuarenta y seis, como fue mi caso, con su pulpitis irreversible (vale, lo confieso, soy muy friki y siempre que me duele algo, me informo, craso error, en internet), o porque el “juicio” se impone, y es necesaria la operación pertinente para que deje de molestar.

Duelen las muelas. Duelen mucho. Y se pierde la noción del tiempo, del espacio, y se apodera de nuestro entendimiento, una mala leche, con perdón, incontrolable. Solo pensamos en la pieza dental del demonio.

Lo curioso es que hasta que llega el latigazo definitivo, que ya no tiene camino de retorno, usamos todas las muelas sin reparar en ellas. Qué egoístas. Y claro, se rebelan. Nos dan un toque de atención…

Ha sido llamativo ver a tantos pacientes en la clínica dental, para el mismo tratamiento: el de los conductos radiculares, o lo que es lo mismo, la endodoncia. Sí, matar el diente, la muela, el nervio, la poca vida dolorida que queda dentro, y que late quejosa, atacada por una infección. Qué injusto todo.

En la clínica impecable, pacientes con paciencia y doscientos euros, en la sala de espera, y a la espera, valga la redundancia, de la muerte del nervio. Del vaciado de la muela. De la extracción de la pulpa. Nuestra pulpa. Y de la reconstrucción y el relleno. Ya no hay vida en el diente, ya no se siente el dolor, pero seguimos masticando. No sé si ante esta cruel hipocresía, es más digna la extracción. Al menos, la pieza puede morir con dignidad, y deja un hueco considerable y antiestético, como recordatorio.

En fin. Que toda esta perorata odontológica desemboca en la extraña reflexión acerca de la pulpitis irreversible generalizada, el irrefrenable flemón en el corazón, que estamos todos padeciendo últimamente. Dolor intenso, en el interior. Caries, bacterias, y remordimientos de conciencia. Mirar para otro lado. A mí que me registren. A otra cosa, mariposa. Y me lavo las manos.

Lo importante es matar el dolor. Que nada hiera. Y vaciarnos, y rellenar con pasta el hueco donde estaría la esencia, la humanidad. No importa el precio, si la pieza se salva, si queda bien, si está “bonita”. A lo mejor un blanqueamiento no viene mal. Que nada desentone. Que nada duela. No existe lo feo. Mejor pagar para que no exista. No importa el precio.

Quizás deberíamos plantearnos una endodoncia general. No será para tanto. Total, la carcasa de mentira ya la sabemos usar. Mastiquen, mastiquen. Anestesiados ya estamos, aunque no viniéramos así de fábrica. Y todavía no estamos vacíos del todo, pero casi.

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