En búsqueda del Jesús histórico

Asombro y milagros abre nuevas puertas a nuestro conocimiento y a nuestra reflexión. Nos obliga a plantearnos nuevas preguntas y, sobre todo, a ser prudentes porque no sabemos con seguridad qué es histórico y qué es ficción

Paso del Resucitado en la Semana Santa de Jerez.
26 de marzo de 2026 a las 18:44h

Para determinados ateos radicales, Jesús simplemente no existió. Sería un simple mito. Mientras tanto, a ciertos creyentes les importa el Cristo de la fe, no el de la historia. En realidad, si algo sabemos con seguridad acerca de él, es que existió hace dos mil años en el mismo sentido físico que existieron Alejandro Magno o Julio César. De ahí que muchos especialistas, en los últimos siglos, se hayan esforzado en conocer su figura a través de la metodología de las ciencias sociales. Profesora en la Universidad de Princeton, Elaine Pagels, autora de un conocido estudio sobre los evangelios gnósticos, destaca por su aportación a este campo de la historiografía. En Asombro y milagros (Kairós, 2025) nos ofrece una reflexión profunda en torno a una pregunta que ya hizo el mismo Jesús: “¿quién decís vosotros que soy yo?”. Las respuestas son de lo más variadas: sanador, profeta, Hijo del Altísimo…

Pagels se distancia de las visiones más racionalistas, que han tendido a olvidar los milagros de Jesús para centrarse en sus enseñanzas. La interpretación más sensata consistiría en admitir que ambos aspectos, en la época, iban indisolublemente unidos. Son sus actos extraordinarios, como la curación de los enfermos, los que dan credibilidad a la pretensión de hablar en nombre de Dios. Por otra parte, este tipo de historias son comunes en el siglo I.d.C. También se atribuían prodigios a otros predicadores, como Hanina ben Dosa, del que se decía que curaba a los enfermos incluso a distancia. ¿Son este tipo de relatos simples fabulaciones? ¿Se limitan a exagerar fenómenos naturales? Para no caer en el simplismo, debemos conocer el contexto cultural en el que se producen los Evangelios.

Otra cuestión difícil es la referente al reino de Dios. Según qué fuente tomemos llegaremos a conclusiones distintas. Según Marcos, era algo que aún estaba por llegar: “¿Cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de que todas esas cosas están para cumplirse?”. En cambio, Mateo y Lucas sugieren que el reino es algo que ya está entre nosotros. Ante esta discrepancia, la autora señala con acierto que la visión sobre el tema de cada uno de nosotros dependerá del texto neotestamentario al que conceda prioridad. El caso es que, muy posiblemente, en tiempos de Jesús y poco después se esperaba un fin del mundo próximo. Eso hace que contemplemos ciertos preceptos morales bajo una luz diferente. ¿Son normas para todo tiempo y lugar o mandamientos provisionales para el tiempo que queda antes de la llegada del Apocalipsis? 

Pagels cuestiona la pretensión de encontrar un significado único y “correcto” a las enseñanzas cristianas. Eso parece bastante plausible porque nadie es coherente por completo a lo largo de su vida. ¿Podemos imaginar a un Jesús que, en función de la audiencia del momento, diera detalles diferentes de su mensaje? ¿Por qué no si, como señala el dogma, era un hombre verdadero? 

Asombro y milagros abre nuevas puertas a nuestro conocimiento y a nuestra reflexión. Nos obliga a plantearnos nuevas preguntas y, sobre todo, a ser prudentes porque no sabemos con seguridad qué es histórico y qué es ficción. ¿Hasta qué punto los primeros cristianos, en un contexto marcado por el fracaso y la represión, inventaron relatos que les ayudaran a no desfallecer? Como todos los grupos nacientes, lo que deseaban era atraer a más personas. Si lo pensamos bien, ese objetivo no se podía conseguir simplemente con la verdad desnuda. No se trata de mentir sino de motivar. Si Churchill hubiera contado en 1940 un relato exacto de la situación, seguramente los británicos se hubieran ido a sus casas a llorar en lugar de combatir a Hitler. Tal vez en el siglo I sucedió algo parecido y el relato de la resurrección buscaba dar esperanza a la gente más que establecer una verdad objetiva. 

Pagels no pretende decir que las crónicas evangélicas sean falsas. Solo apunta que reflejan las experiencias por las que una serie de personas creyeron que Jesús había resucitado. Esta convicción fue lo que hizo que los cristianos salieran adelante y no tanto las enseñanzas de la predicación del Mesías. Si la resurrección consistía en un fenómeno espiritual o corporal debió ser, en la práctica, una cuestión secundaria. Lo importante era la certidumbre de que la muerte no tenía la última palabra.