Decía Albert Camus que la gente de su generación aprendió, con la guerra civil española, que los buenos no siempre ganan. A riesgo de ser injusto con el gran escritor, la idea me parece de una ingenuidad pasmosa. ¡Pues claro que no! Basta cualquier libro de historia para darse cuenta de que la razón de la fuerza se impone fácilmente sobre la fuerza de la razón. El problema es que la izquierda, en demasiadas ocasiones, se dedica a hacer sermones morales y se olvida de pensar en términos de poder. Lo estamos viendo ahora con la invasión de Venezuela por parte de Trump: no hay iniciativa política, solo inoperantes palabras de condena. Como si estuviéramos en esa escena de La vida de Brian en la que un grupúsculo de resistentes da un ultimátum al Imperio romano para que se disuelva.
Las fuerzas progresistas necesitan echar menos la culpa de sus fracasos a los demás y ser más autocríticas. Se da por supuesto que la Segunda República perdió la guerra porque tuvo menos apoyo internacional y menos medios materiales. Sin negar la parte de verdad que hay en ello… ¿Dónde queda entonces la división interna y la incompetencia política? Los franceses, en 1793, se impusieron solos a todas las potencias absolutistas que pretendían doblegarles. ¿Por qué ellos triunfaron y nosotros no? Entre otros motivos, porque tenían líderes de verdad. Gigantes como Danton, el de la “audacia, audacia y más audacia”.
Aquí, en cambio, solo había gente bienintencionada pero mediocre. Largo Caballero, aunque lo llamaran “el Lenin español”, no poseía la visión estratégica del revolucionario ruso. Azaña escribía muy bien, pero eso no basta para saber gobernar. En su introducción al volumen V de sus Obras Completas, Santos Juliá, su mejor biógrafo, nos dice que, en las semanas previas al 18 de julio de 1936, pensó que los rumores de golpe de Estado no pasaban de simples habladurías. El anarquismo, a su juicio, representaba el principal peligro para el régimen. Esta opinión refleja la visión limitada de un hombre que nunca dejó de ser un burgués al que le espantaba la guerra social. Un estadista se mide por lo que hace y también por lo que no hace. Las negligencias, en este caso, resultan clamorosas.
Azaña se dejaba llevar por hermosas palabras, no por una práctica de poder. Así, en 1934, durante un discurso en Barcelona, afirmó que los agentes de la autoridad no eran la autoridad misma y que esta era “el Gobierno y, dentro del Gobierno, la responsabilidad y la conciencia; la autoridad es de orden espiritual”. A ver. Vayamos por partes. Esa autoridad espiritual, o auctoritas, deriva de la influencia que se ejerce a través del prestigio. Sin embargo, en política, por sí sola no basta. Sin capacidad para ejercer una coacción física, ningún poder puede sobrevivir. A la izquierda le cuesta reconocerlo porque, temerosa de caer en el autoritarismo, tiende a desconfiar de la autoridad. Queda así indefensa cuando los bárbaros ejercen la fuerza bruta.
De unos años a esta parte es moda despotricar contra la Constitución. Lo que nadie explica es cómo podríamos hacer algo nuevo con el mismo grado de consenso. Como si este no fuera necesario para garantizar la estabilidad del sistema. Necesitamos un marco político que suscite la adhesión de una mayoría lo suficientemente amplia. En los años treinta, muchos republicanos fueron incapaces de asumir esa verdad elemental. Azaña identifica “República” con un programa político progresista, no como unas normas de juego comunes para todos. En realidad, cualquier sistema democrático, por definición, debe ser compatible tanto con todo tipo de opciones políticas.
Podemos dudar, legítimamente, del respeto azañista hacia el Imperio de la ley. ¿Qué es eso de que la República está por encima de la Constitución? Lo cierto es que nada tiene preeminencia sobre la ley fundamental, a no ser que deseemos dejar la puerta abierta al autoritarismo. Ahora son muchos los que defienden la invasión de Venezuela con el argumento de que, para restablecer la democracia, no vamos a detenernos en minucias como el derecho internacional. Lo que nos diferencia de los fascistas es precisamente eso: el respeto a las normas y la decisión para hacerlas cumplir.
Sin ley, lo único que nos queda es el imperio del más fuerte. Apelar a la intervención directa del pueblo, como hace cierta izquierda, nos conduce a un populismo de consecuencias imprevisibles. Recuerdo que, hace muchos años, una compañera de militancia afirmaba que en Cuba el pueblo tiene las armas. Quería decir que, de esta forma, controlaba al gobierno. ¡Pero es que no se trata de eso! El cambio político debe efectuarse mediante un mecanismo institucional, no a través de la revolución armada.
A todos nos preocupa el ascenso de la ultraderecha. Nos preguntamos, con el poeta, si seremos “entregados a los bárbaros fieros”. ¿Es tal vez inevitable el ascenso de los antidemócratas? No, no lo es. A condición de que dejemos de pelear entre nosotros. Necesitamos, tal vez, que un Brian venga a advertir al Frente Popular de Judea y al Frente Judaico Popular que su enemigo es el Imperio. Con Donald Trump absolutamente desatado, ese mensaje sería más actual que nunca.



