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"Porque el tiempo pasó, y aquel enfrentamiento Nadal-Federer creció temporada a temporada y se hizo recurrente para mayor gloria de ambos y de la historia del deporte...".

Cuando Rafael Nadal ganó su primer Roland Garros en 2005, no podíamos imaginar en qué acabaría convirtiéndose aquel melenudo mallorquín de bíceps irreverentes, ojos huidizos y fe enfermiza en la victoria. Y aún no lo sabemos. Aquel exótico adolescente se había hecho inesperadamente popular tras su gesta en la Copa Davis del año anterior; pero la Copa Davis es proclive a heroicidades puntuales. Lo de París fue otra cosa.

Roger Federer, que había iniciado su reinado tenístico mundial en Wimbledon ’03, que había ganado Australia, Wimbledon de nuevo y USA en 2004, se aprestaba a conquistar la tierra francesa por primera vez; inscribiría así su nombre en el palmarés de los cuatro Grand Slam, hecho histórico con muy pocos precedentes. Se enfrentaba en semifinales a Nadal, que ya le había derrotado meses atrás en un torneo menor polaco. Pero París no era Polonia. Parecía imposible. El mejor contra el aprendiz. Estilista número uno frente a esforzado pretendiente.

Ilusos.

Ganó Nadal a Federer, el piratilla al gentleman, y luego en la final alzó el título ante un argentino que pasaba por allí.

Y como en España admiramos tanto a los triunfadores, no tardó en ser adjetivado el nuevo campeón: pasabolas, válido solo para tierra, mucho físico y talento escaso, una Arancha con testosterona y poco más. Aquellos jueces clavaron la definición, como ha corroborado el paso del tiempo.

Porque el tiempo pasó, y aquel enfrentamiento Nadal-Federer creció temporada a temporada y se hizo recurrente para mayor gloria de ambos y de la historia del deporte, que vivió, vive y aún le quedará algún ramalazo, uno de sus más grandiosos duelos, a la altura de cualquier otra rivalidad que se recuerde. En mi diario personal de aficionado no tengo duda en elegir la final de Wimbledon’08 como uno de los más épicos y trascendentes eventos deportivos que haya contemplado jamás. Digo épico y trascendente porque no encuentro en mi vocabulario términos aún más justos y precisos.

Qué habría sido de Roger sin Rafa, y al contrario: pues que en vez de diecinueve y dieciséis llevarían veintitantos o uno u otro. ¿No? ¿Y quién es el más grande de los dos?

Tengo yo un amigo, nadalista a muerte y para quien la respuesta es clara, que se empeña medio en broma en calificarme como federista. A mí, que acabo de escribir los párrafos anteriores. Admiro al suizo, y a día de hoy me sumo a quienes lo eligen como mejor tenista de la historia. Palabras claves: a día de hoy. Y sin que ello reste un ápice de mi devoción por el otro. Me remito a los números, al goce visual de la técnica que emplea, a la opinión generalizada.

Y sin embargo, dudo.

Dudo porque en los cara a cara Nadal sale beneficiado ante Federer. Dudo porque Nadal ha vencido a Federer en su jardín de Londres, mientras que Roger jamás ha vencido a Rafa en su playa de París. Dudo porque el español es un lustro más joven, y podría alcanzar al suizo o superarlo al final de sus respectivas carreras en número de Grand Slams. Está a tres. Solo a tres, dicen. Pero que le pregunten a Murray, Wawrinka, Roddick, Hewitt, Muster, Chang, Safin, Moyá, Kafelnikov, Ferrero, Stich, Cash, Bruguera, Ratfter, Orantes, Ashe, Vilas, Nastase, Ivanisevic, Kuerten o Del Potro, si tres Grand Slams les parecen pocos o muchos. (Y Djokovic está a cuatro de Nadal, no olvidemos al tercer miembro del trío contemporáneo que, posiblemente, llegue a superar también a Sampras y haga podio de todos los tiempos).

Así que dudo, y por más motivos de los expuestos en este análisis simplificado, que podrían inclinar la balanza hacia el diestro o hacia el zurdo. Pero si tuviera que decantarme por quién será considerado en el futuro el más grande tenista de la historia, no les impediría que apuesten por mi amigo.

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