Hace unos días una alumna me hablaba de una influencer llamada Alba Renai. Después de un rato escuchándola, confusa, le pedí que me explicara mejor aquello de que era y no era, de que le producía cierta repulsión verla en la pantalla moverse con ese donaire, hablar con tanto acierto, tan cursi y al tiempo tan bien vestida, que se compraría toda la ropa que llevaba, que era un insulto para las mujeres… ¿Ser guapa y vestir bien era un insulto? ¿hablar con acierto? No, el problema para mi alumna, y entonces comprendí todo lo que me había tratado de explicar, era que se trataba de un producto —no existía— creado por la inteligencia artificial (IA). Al llegar a casa, indagué para ver quién era ese espectro o qué era, ahí la primera cuestión que me planteé, pues de ser algo así como un holograma, ¿habría que catalogarla de cosa?
Desde luego, ella misma se presenta como alguien que, dueña y señora del universo virtual, da consejos correctos, sin que nadie perciba el dilema de suplantación humana. Se trata de una chica joven y, como decía mi alumna, cursi por demasiado perfecta, pretendidamente jovial y extrovertida, aunque en sus maneras se aprecia que todos sus gestos están calculados. Confunde a nuestra mente su presencia porque ya sean fotos o imágenes en movimiento parecen reales. Provoca malestar el embuste, miedo a estar sufriendo un encantamiento, ¿tan fácil es confundir una imagen con un ser real? Si la observas como harías con una mujer de verdad (no me refiero a aquella verdad de la que hablaba Aznar, «una mujer mujer», hablo de cualquier mujer de carne y hueso), responde a un perfil de persona controladora y manipuladora, aparentemente comprensiva y empática, aunque sus gestos y seguridad delatan que todos sus actos y palabras van destinados a alcanzar una meta. Para completar su retrato, si dejo volar mi imaginación, sería de esas amigas que excluyen a las que no la veneran o a las que pueden robarle su popularidad dentro de la pandilla.
Esta Alba Renai me trajo a la memoria otro producto con el que años atrás también se manipuló, digo, educó, al sector femenino e, indirectamente, al masculino. A aquella la llamaron Elena Francis; Alba Renai es su vivo retrato, su reencarnación. Su abuelita también contaba con la mejor plataforma para propagar su ideario: la radio, que equivaldría hoy a una eficaz red social. Desde 1947 hasta pocos años antes de desaparecer la emisión en 1984, El Consultorio de Elena Francis, que así se llamaba el programa, contó con altos índices de audiencia y con un numeroso público devoto al que hoy llamaríamos seguidores o followers. Aquella Elena Francis sería hoy una creadora de contenidos: recibía cartas en las que sus oyentes (la inmensa mayoría eran mujeres) le planteaban igual dudas sobre alimentación que conflictos sentimentales y ella, con voz femenina, suave pero contundente y firme, respondía promoviendo ese espíritu nacional femenino de renuncia, aguante ante el maltrato y resignación cuando te tocaba un marido que te hacía la vida imposible. La meta de Elena Francis era sostener el régimen franquista, machista y rancio. El programa se extendió una década más tras la dictadura, como también sobrevivió aquel ideario de mujer a la que convencieron de que sobre ella recaía la noble responsabilidad de la institución familiar. Una familia que implicaba, cómo no, renunciar a su libertad, olvidar sus deseos, necesidades y hacer oídos sordos a los vaivenes masculinos. La mujer perfecta y admirada sería en términos actuales una tradwife, otro fenómeno diabólico de la era consumista.
Elena Francis, como Alba Renai, no era, ni en términos filosóficos ni físicos o biológicos. Varias locutoras daban voz a un grupo de psicólogos, curas y a un periodista que a través de sus consejos inocuos e inofensivos (ya saben, todo versaba sobre cosas de mujeres) conducían a las díscolas mentes femeninas e inoculaban un modelo de mujer a la sociedad completa. Fue todo un fenómeno social de la época, como son hoy los influencers. Una diferencia importante es que la audiencia de Elena Francis desconocía el engaño y confiaba en aquella mujer real que ayudaba en los malos momentos. En este punto hemos cambiado y no para mejor. Mediaset España, la empresa que ha presentado a Alba Renai, no niega la ficción, sino todo lo contrario, pues el invento como tal es un reclamo comercial. Los espectadores escuchan las ideas de la IA embelesados por una impecable Alba Renai, hipnotizados ante los ojos de una serpiente antes de abrir sus mandíbulas y comernos. La mentira ha dejado de ser un concepto negativo porque la asociamos a ficción cuando la realidad es que una mentira sigue siendo sinónimo de engaño. No es ella la que piensa y habla, sino una máquina que, a partir de unos parámetros, recoge la información de una base de datos. Los espectadores ignoran, ignoramos, quién alimenta esa inteligencia artificial, ¿serán curas, psicólogos, vendedores, asesinos en serie, Elon Musk?
Alba Renai, tras ese cuerpo atlético, sin arrugas ni defectos, sigue enviando engaños para alienar a las masas como hiciera Elena Francis en aquella España sin libertad. No hay nada nuevo en el invento, solo una nueva apariencia acorde a las modas y probablemente mejorada con la ayuda de la tecnología. Alba Renai perpetúa un modelo de mujer irreal, perverso en su espíritu porque reniega con sus formas amables del ser humano tal como es con sus diferencias y su falta de perfección. La influencer virtual busca un ser uniforme de pensamiento único, quizá obediente y consumista. Su legado nos devolverá años atrás, deshará las victorias alcanzadas en el pensamiento, en la convivencia basada en la diversidad y las diferencias.
Supongo que este diabólico invento no ha hecho más que empezar a funcionar, que surgirán nuevos ídolos a la manera de Alba Renai, perfectos hologramas para aleccionar a los hombres del futuro y con el tiempo, quién sabe, estos influencers virtuales educarán —conducirán— grupos sociales, profesionales, religiosos…. Ya no será la Biblia ni El Capital de Karl Marx, y todavía menos Don Quijote, quien nos nutrirá de modelos humanos. Será el fin del humanismo y la consiguiente victoria de no sabemos quién, quiénes o qué. ¿Lograrán que nos rindamos a las máquinas gestionadas por no sabremos quiénes? Porque no deberíamos olvidar que Alba Renai no es quien dice ser: tras ella hay personas perversas con intereses muy claros, igual que las mentes manipuladoras que se ocultaban tras Elena Francis. Tal vez con el tiempo se descubra el pastel como pasó con la farsa de El Consultorio de Elena Francis, aunque también puede que hayan aprendido la lección y se oculten mejor. Por el momento, el encantamiento está funcionando: Alba Renai tiene miles de seguidores o followers, como prefieran. Todo este repetirse la historia no hace más que recordarme aquella sentencia científica de que la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma, pues de no ser así, ¿por qué demonios será tan inútil la experiencia colectiva? No hemos acabado ni con el fascismo ni con el machismo ni con la intolerancia ni con las dictaduras. Bajamos la guardia y Elena Francis se reencarna en Alba Renai.


