Torre Alta. FOTO: MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ MORENO
Torre Alta. FOTO: MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ MORENO

Me gustaba pasear con Boro-boro cuando todo era soledad y los vecinos estaban confinados en casa… ya sabéis, la pandemia de Covid-19, ese punto de inflexión en nuestra historia. En los primeros días resultaba sobrecogedor el silencio de la ciudad, la ausencia de movimiento, las calles y carreteras vacías… nadie a la vista. Solo los servicios esenciales, y básicos para la vida, se mantenían en pie y visibles. Entonces daba gusto sonreír a los pocos humanos con los que te cruzabas y era emocionante aplaudir desde los balcones a los que arriesgaban su salud y permanecían al servicio de los demás. Colaborar, cooperar y ser empático eran valores en alza y cada uno de nosotros tenía la secreta esperanza de que sería algo duradero. Teníamos un enemigo común, y esta vez, para variar, no era otro humano, era una cosa que no se sabe muy bien si está viva o es inerte… los que estudian estos asuntos no lo tienen claro. Pero, sea una cosa viva o no, el coronavirus se replicaba como un demonio.

Todo parecía una broma planetaria en el escenario de una distopía de película. De golpe el país (y buena parte del mundo) se detenía en seco porque los hombres éramos vectores de transmisión y no convenía acercarnos unos a otros. Nos quedamos en casa y abandonamos buena parte de los trabajos. Se hizo realidad el símil que explica ese gólem económico irracional, esa economía que no puede dejar de crecer ni detenerse porque… la economía es como pasear en bicicleta, si te paras te caes. Y así ad infinitum, hay que seguir pedaleando aunque delante se abra un precipicio o se agote un planeta, hay que seguir pedaleando sea como sea. Hay que crecer indefinidamente, aunque esa economía depredadora agote los recursos del planeta, lo llene de basura y lo haga inhabitable.

Hay que seguir con esto porque no hay alternativas al sistema —nos dicen los popes de la cosa neoliberal—, aunque sea una economía que genera riquezas que acumulan unos pocos y acrecienta la miseria de la mayoría… Pues la paramos en seco porque nos iban muchos muertos en el envite, y porque, afortunadamente, en el gobierno había gente con tal sensibilidad… que casos hay (Trump y Bolsonaro, por ejemplo) que anteponen la actividad económica a la vida, entre otras cosas, porque no entienden que el Estado deba ocuparse de amparar a la gente, sino que lo perciben como una cancha para que los negocios dicten las leyes de la supervivencia social y biológica. A servidor le parece que esa especie de darwinismo económico es un concepto criminal.

Pues, a pesar de la paralización económica, el gobierno bolivariano de España (que así lo llamaban los ciudadanos filofascistas) sacaba dinero de los prestamistas para atender las necesidades inmediatas de la gente —ya veremos quién y cómo se paga esto—. Las empresas más poderosas se volvían aparentemente solidarias de la noche a la mañana, y el temor al minúsculo coronavirus, por el momento, parecía sacar cosas buenas de la condición humana… excepto de algunos políticos, que seguían empeñados en aprovechar esta macabra oportunidad para conquistar el poder con malas artes, como siempre hacen los de esta calaña política cuando no mandan ellos.

En ese tiempo de confinamiento humano, personalmente, me interesaba mucho observar cómo la naturaleza recuperaba el lugar que dejaban los humanos. Jabalíes y lobos por las calles, zorros por jardines urbanos, osos en las piscinas, medusas en los canales de Venecia, nutrias en los puertos… Y al cabo de los cincuenta días —es a lo que servidor iba—, cuando nos dieron suelta y volvimos a pasar por los sitios prohibidos, vimos que las plantas silvestres habían crecido sin control en lugares urbanos que antes eran transitados. Tanto habían crecido que casi cubren, por ejemplo, la escalera que baja desde el Observatorio de la Armada hasta el parque del Barrero, junto al Meridiano de San Fernando. La vida siempre se abre camino, busca los recovecos propicios y la mínima oportunidad, y la aprovecha. Lo hacen las plantas, que crecen estupendamente cuando no hay humanos que molesten. Y lo hacen los virus que, sean cosas vivas o inertes, buscan replicarse simplemente porque tienen una determinada estructura molecular y, en este universo, resulta inevitable hacer copias de tal molécula.

Aquí no hay voluntad ni intentos conscientes de autoperpetuarse, solo hay química. Es tan inevitable que un virus se replique (cuando está en la mucosa adecuada) como que una manzana caiga de su árbol. Parece que toda la dinámica vital se reduce a eso, a replicar el ADN por encima de cualquier obstáculo, sin misericordia, a pesar de todo, cueste lo que cueste. La vida es replicarse, hacer copias de esa cadena helicoidal de cuatro bases nitrogenadas ordenadas vaya usted a saber cómo… Física y química, dos percepciones de la misma esencia.

El universo parece ser pura física, aunque no lleguemos a entender sus leyes todavía. La vida parece ser pura química… y cualquier pensamiento o conducta humana, por muy elaborada, sublime o espiritual que nos parezca, es consecuencia de interacciones entre ondas y partículas. Y tal consideración no resta ni un ápice de belleza al hecho de estar vivo, de pensar para construir ideas, de ser conscientes de nuestra existencia y de amar… es decir —hablando de amar—, al imperativo inevitable de replicar tus propios genes con esa chica de ojitos risueños…

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