Plaza del Carmen. FOTO: ÁNGEL LÓPEZ GONZÁLEZ
Plaza del Carmen. FOTO: ÁNGEL LÓPEZ GONZÁLEZ

Miércoles, 17 de marzo de 2020. Tercer día de cuarentena. Las calles vacías. Llueve… detrás de los cristales, llueve y llueve, sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados, sobre los campos, llueve. Una DANA se ha plantado encima de nosotros y nos regala sus lágrimas. Invita a mirar a través de los cristales de tu casa, convertida en una jaula por culpa del coronavirus. Ojalá la lluvia no cause daños añadidos. Quiero ser optimista con el futuro que siga a la pandemia, pero me cuesta. Somos frágiles… frágiles y un poco viejos.

Hemos aprendido que para pensar en el futuro hay que tener en cuenta la economía. Y para vencer la pandemia nos hemos enclaustrado y detenido en seco la espiral creciente de producción y consumo. ¿De qué va a vivir la gente si no reconstruimos el consumo incontrolado de cosas y servicios, aun sabiendo que es un camino insostenible? Volver a lo mismo, a lo que hemos venido haciendo hasta ahora, implica enormes emisiones de dióxido de carbono, cambio climático, desastres naturales y, sobre todo, implica desigualdades sociales crecientes y explosivas.

El capitalismo, con sus crisis sistémicas (esos parones para reiniciar el expolio de los más pobres, eliminar a los improductivos como sobrantes y acrecentar las desigualdades entre grupos sociales), es un fracaso. Como fracaso fue la praxis comunista ensayada y traicionada siempre… pero nadie habla del fracaso del capitalismo, ese sistema aniquilador de lo público y esclavizante de personas. O si lo dicen unos pocos son ridiculizados por los medios que crean la opinión en manos, por supuesto, de los propagadores del neoliberalismo más salvaje e inhumano.

Yo sé —como lo sabe todo el mundo— que la felicidad de la gente no puede basarse en consumir cosas inútiles o en viajar emulando grandes aventuras con cara de bobalicones y barriguita cervecera… pero si dejamos de hacerlo nos caemos de la bicicleta. Es lo que está pasando por culpa del coronavirus… que hemos dejado de pedalear y nadie ha inventado una alternativa a la bicicleta. Nadie explica que, a pie, sin bicicleta, también se llega a las grandes alamedas… tal vez más lentamente, pero sin jadear, respirando, hablando con tu compañero y mirando el entorno. Nadie explica que existe vida al margen de lo neoliberal. La vida puede ser más amable. ¡Tiene que ser más amable! La inmensa mayoría de la gente de este planeta lo quiere… entonces ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no jubilamos a los que trabajan con la desigualdad como método y categoría? ¿Por qué no desplazamos a los que se empeñan en acumular la riqueza explotando a los más pobres? No sé… tal vez por la misma razón por la que los judíos fueron dócilmente a los campos de exterminio. Porque era inconcebible tanta crueldad en los de tu misma especie.

Que un país se quede en casa es una experiencia que todos vamos a recordar, y saca lo mejor de cada uno de nosotros. Está claro que no hay nada más adecuado para cohesionar a un pueblo que un buen enemigo externo. Esta vez no son pérfidas albiones o altivos gabachos los atacantes. Esta vez es un virus lo que nos hace comprender de nuevo que somos un pueblo cohesionado, sin necesidad de banderitas ni fanfarrias. Pero me temo que la recesión económica que va a llegar será histórica y hará saltar por los aires cualquier cohesión inicial. Ojalá me equivoque, pero a la solidaridad cívica y espontanea de los primeros días seguirá el egoísmo propio del animal atávico que llevamos dentro. Ese sálvese quien pueda es tan contagioso como la compra compulsiva de papel higiénico. Y, que no nos quede duda, es lo que conviene a los que mandan en la sombra: que no les identifiquemos como los verdaderos enemigos y que nos peleemos entre nosotros, con nuestros iguales, por las migajas que nos dejan.

Lo más probable es que estemos entrando en una nueva época. Una época en la que los poderosos generen tal crisis social y económica que, para escapar de ella, se justifiquen soluciones autoritarias. Ya pasó en la primera parte del siglo XX. Parece que cada generación tenga que experimentar por sí misma los infiernos que lograron superar las anteriores…

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