El socio listo

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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La última vez que voté al PSOE fue en 2004. Ya llevaba, en aquel entonces, tiempo votando a Izquierda Unida pero voté a Zapatero movido por eso que llaman el voto útil, que en esa ocasión era también el voto del miedo.

La última vez que voté al PSOE fue en 2004. Ya llevaba, en aquel entonces, tiempo votando a Izquierda Unida pero voté a Zapatero movido por eso que llaman el voto útil, que en esa ocasión era también el voto del miedo. Me atemorizaba otro gobierno más del PP, por eso cuando voté a Zapatero lo hice pensando más en Aznar que en el PSOE. No había otra vía. O sacábamos al PP de La Moncloa o habría nuevos Prestiges y nuevas batallas, quizás cambiando Bagdad por Islamabad. 

Nunca me arrepentí de mi voto. Pero tampoco he vuelto a votar al PSOE, ni creo que vuelva a hacerlo. No volverá a ser ese mal menor porque ahora tengo otras opciones, en realidad tenía, porque se redujeron a una en aras de una confluencia bendecida por medio de un sacrificio que nos expulsó del partido a muchos y encumbró al poder al ala más radical del partido. 

Y luego vino la única encuesta válida, la que te sumerje en la gélida ducha de la realidad. La realidad material. Esa que dificilmente es atemperada por relatos alternativos, estrategias discursivas y demas recursos patateros de los coaches new age. Porque claro, ahora, a pesar de todo, resulta que como vaticinó Errejón, esta confluencia no era tan buena idea y nos ha costado un millón de votos, justo como otros predijeron. Y esa es nuestra derrota. Y es solo nuestra, nadie mas allá de nosotros mismos es responsable.

Una derrota que, justo esos mismos radicales, achacan a un exceso de moderación. Y lo dicen convencidos. Desde su cómodo pedestal de activista, con el incombustible apoyo de sus gurús. Y sobre todo desde su universo alternativo. Una derrota que está íntimamente relacionada con cómo hemos renunciado a nuestras señas de identidad (lucha contra la corrupción, transparencia, participación...) a cambio de luchas identitarias minoritarias que a la gente corriente no le dicen nada. Ya no somos el Podemos que atemorizaba a las élites y encandilaba a una clase media deupaperada que había encontrado esperanza en alguien que hablaba con sus palabras de sus  problemas.

Se nos olvidaron esos votos prestados, de toda esa gente desilusionada, que aún no se sentía del todo de Podemos, pero confió en nosotros y nos prestó su voto. Y los usamos para trolear al PSOE e impedir un gobierno que por muy malo que fuese siempre sería menos malo que otros cuatro años de Rajoy.

Los traicionamos. Sí. Les engañamos. Apostamos sus votos en una ruleta. Y ellos nos dieron la espalda. Ya no cristalizabamos su esperanza. Ya no éramos ese viento purificador que venía a cambiar la política.  Ya no éramos los de abajo, éramos eco-anticapitalistas-indigenistas, nuestro rival no era la casta, era el heteropatriarcado, no queríamos la separación de poderes sino la deconstrucción de los los roles sexuales por medio de discursos no binomiales...

Nuestros mensajes y discurso eran cada vez más difusos y rebuscados. Ya no hablábamos de lo que interesaba a la gente. Tal y como pasó el 15-M, la gente corriente nos fuimos a casa y las plazas se convirtieron en otra cosa. Internamente la cosa se volvió incluso más surrealista, porque tras el "Pascualazo" la lucha contra la corrupción se trasmutó en la batalla contra el "capitalismo falócrata y homofóbico". El discurso del miedo que nos lanzaban desde fuera se complementaba con un discurso difuso y poco creíble, rebuscado, identitario y poco transversal.

Nuestra identidad ya no era la misma, el profesor brillante mosqueado con los recortes, que no era de Izquierdas ni de derechas sino de abajo, se desdobló en un socialdemócrata excomunista. El lenguaje viejo de la política vieja nos infectó, dejamos de ser esa cosa nueva, fresca, abierta y horizontal para convertirnos en un híbrido 2.0. Y entonces 1+1 se convirtió en -1.

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