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Nunca pensé que un día escribiría contra las sonrisas, pero aquí estamos. Este mundo patas arriba así lo aconseja.

Hace hoy justo una semana, a la vuelta de la portada de El País, se podía leer un artículo titulado La sonrisa. Era entonces, aquel viernes, la antesala de un fin de semana insólito, como usted ya bien sabe. Mientras en el resto del diario se multiplicaban las informaciones de ruptura, desobediencia, fortalezas y debilidades patrias, aquella columna de entrada se había detenido en un gesto, un simple y cotidiano gesto. La firmaba el escritor asiduo de PRISA Jorge Martínez Reverte, quien, como literato, aprecia el poder sugestivo de los detalles. El simbolismo de aquella sonrisa le pareció mayúsculo. Eran, en concreto, los labios de Anna Gabriel, la diputada de la CUP que está tan de moda. A M. Reverte le llamó tanto la atención esa mueca facial que decidió dedicarle sus 425 palabras semanales. Y no me extraña. La sonrisa de Gabriel se producía ante un cordón de agentes de la Policía local de Vitoria en el marco de una charla a favor del 1-O que había sido prohibida. Desprendía candor. Y era inquietante.

Es curioso lo que ocurre con la responsabilidad política. Según el Derecho Constitucional, se entiende como la obligación del titular de un mandato político de responder de sus actos, palabras, o escritos ante aquellos de quienes ha recibido dicho mandato. Resulta llamativo porque, en ocasiones, ese a quien hemos confiado tal poder olvida su papel de mediación, de instrumento para la soberanía popular y se convierte en protagonista. Demasiado protagonista. El ego es mal compañero de viaje en determinadas ocupaciones, especialmente en aquellas que lo suelen traer por defecto, como el periodismo o la política. Se espera del político que tenga carisma, verborrea, cultura, voluntad de servicio y honestidad. No conviene que esté demasiado preocupado por salir en la foto. En ciertos contextos, no es recomendable que sonría a la cámara.

Por lo visto, los humanos empezamos a sonreír de forma consciente en torno a los dos meses de vida. Utilizamos la risa, junto con el llanto, para comunicarnos con los demás. Lo hacemos cuando interaccionan con nosotros cara a cara, nos regalan muecas, caricias o simplemente nos hablan mirándonos a los ojos. Entonces es cuando se abre paso la sonrisa como un gesto intencionado que persigue una reacción. Antes de esa etapa, ese movimiento bucal tan adorable se produce —si es que lo hace— de forma incontrolada, sin pretender conseguir nada con ello y obviando por desconocimiento su enorme poder evocador.

Los adultos, ya responsables, sonreímos siempre por un motivo. La felicidad parece ser el paraguas general pero también lo hacemos cuando estamos satisfechos, por cortesía, por obligación o buscando provocar. Nunca pensé que un día escribiría contra las sonrisas, pero aquí estamos. Este mundo patas arriba así lo aconseja. No es momento para ellas, sobre todo por parte de aquellos que tienen la responsabilidad de servir y no de representarse a sí mismos. En octubre de 2017, ciertas sonrisas provocan duda, inquietan, son irresponsables. 

Tampoco es tiempo de mohín compungido si este no viene presidido por la voluntad de entendimiento. Aquel a quien nadie ha elegido, aquel que jamás se presentó a una elección, aquel que nació con la flor en sus reales posaderas y la vida más que resuelta, no tiene derecho a dar lecciones de conducta. Por mucho que no sonría, que frunza el ceño y que muestre su real preocupación. El gesto responsable no es sonreír ante la gresca ni perdonar la vida desde un palacio. Así, no. Y así, tampoco.

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