El retorno del 15M o la escuela de la ira

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

El 15M, en una plaza andaluza. FOTO: CRISTÓBAL
El 15M, en una plaza andaluza. FOTO: CRISTÓBAL

El movimiento 15M nos congregó en las calles y visibilizó la indignación, la rabia y la impotencia de una ciudadanía sacudida por la desesperanza, pero también nos enseñó a volver a juntarnos en las plazas, a mirarnos a la cara, a sentir lo que significa venir de los mismos barrios.

Los acontecimientos se suceden uno tras otro, a veces demasiado rápido. El movimiento 15M nos congregó en las calles y visibilizó la indignación, la rabia y la impotencia de una ciudadanía sacudida por la desesperanza, pero también nos enseñó a volver a juntarnos en las plazas, a mirarnos a la cara, a sentir lo que significa venir de los mismos barrios.

La felicidad era palpable y, como ya se sabe, nada mejor para destruir las experiencias positivas que exigir lógica o coherencia. Ahí vinieron las preguntas, sobre todo la temida, "sí, bueno, ¿pero vosotros qué quéreis?" No estábamos preparados para esa pregunta. En cualquier caso no se sabía si había una respuesta, y de alguna forma u otra este preguntar incansable fue una de las razones por las que el movimiento acabó decayendo.

Meses después, al reflexionar sobre aquello, solía decirme a mí mismo que no había ninguna utilidad práctica para el 15M ni tenía que haberla, que un movimiento se puede y debe sostener porque sí, porque así lo queremos, sin concreciones ni pragmatismos.

Hoy pienso diferente y realmente creo que el 15M tenía una utilidad: enseñarnos a canalizar nuestra rabia. A todo hay que aprender en esta vida y no es raro por tanto que no estuviésemos preparados para darle una utilidad práctica a nuestro odio. Un primer paso, y esto lo consiguió el 15M espectacularmente, era mostrarlo, mostrar la rabia y la indignación desde la elegancia. Una rabia unificadora que tuvo que hacer temblar a más de uno de los poderosos.

Luego vinieron ciertas voces que, intencionadamente o no, pervirtieron un poco el proceso, al afirmar que "nada de violencia, nosotros no somos como ellos". Evidentemente no se trataba de estar a favor de la ira desatada, pero a mi modo de ver no hizo bien esa especie de muestra de superioridad moral, "nosotros a diferencia de ellos somos pacifistas". Más bien creo que estábamos ejercitando nuestra rabia, canalizándola con sabiduría y creando unos mecanismos realmente subversivos y revolucionarios.

Luego vinieron partidos como Podemos que se apropiaron de cierto continuismo de la dinámica del 15M e institucionalizaron la rabia. En cierta manera, y esto se puede comprobar, ya no hay tanto derecho a estar furioso como antes. Hemos retrocedido y ya no solo no estamos aprendiendo a tratar con la ira, sino que directamente no la podemos sentir.

Ahora ya no estamos juntos, ahora hemos asumido que el 15M fue algo del pasado y que además evolucionó hacia un partido político, ahora la rabia y el enfado se han transformado en insomnios por la noche, más cervezas de la cuenta en el bar, esperanzas –fundadas o no– en los nuevos partidos políticos, que nos invitan a esperar.

La rabia se transformó en depresión, y para eso nuestros queridos gobernantes ya tienen fármacos, terapias y consejitos de la abuela. Contra nuestra rabia no tenían nada. Es por esto que pido a los jerezanos y a las jerezanas que volvamos a salir a encontrarnos a la calle, da igual si es bajo el nombre 15M o cualquier otro, que simplemente lo volvamos a intentar, como lo haría un niño convencido, las veces que haga falta.

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