William Blake sugiere, en esta ilustración de 1794, que la primera creación de Dios (Urizen) fue el compás.
William Blake sugiere, en esta ilustración de 1794, que la primera creación de Dios (Urizen) fue el compás.

"Un ejemplo particularmente chocante es el de los Guaraní del Mato Grosso. Conocedores de que la Tierra será destruida por el fuego y por el agua, partieron en busca del "país sin pecado​", especie de Paraíso terrestre, situado al otro lado del Océano. Estos largos viajes, inspirados por los chamanes y efectuados bajo su dirección, comenzaron en el siglo XIX y han durado hasta 1912. Ciertas tribus creían que la catástrofe sería seguida de una renovación del Mundo y del retorno de los muertos. Otras tribus esperaban y deseaban el fin definitivo del Mundo. Nimuendaju escribía en 1912: "No sólo los Guaraní, sino toda la naturaleza está vieja y fatigada de vivir. Más de una vez los medicine-men, cuando encontraban en sueños a Nanderuvuvu, oyeron a la Tierra implorarle: ‘He devorado demasiados cadáveres; estoy harta y agotada. ¡Padre, haz que esto acabe!’ El agua, por su parte, suplica al Creador que le conceda el reposo y aleje de ella toda agitación, igual que los árboles (...) y la naturaleza entera". Difícilmente se encontrará una expresión más conmovedora de la fatiga cósmica, del deseo de reposo absoluto y de la muerte. Pero se trata del inevitable desencanto que sigue a una larga y vana exaltación mesiánica. Desde hace un siglo, los Guaraní buscaban el Paraíso terrestre, cantando y danzando" (Mircea Eliade, Mito y realidad).

Oír a la Tierra quejándose a Nanderuvuvu, el dios supremo, de su cansancio, suplicándole que detenga el tedioso ciclo de la existencia, la abominable rueda de la naturaleza, puede ser una entrañable muestra de antropomorfismo, pero no lo es menos concebir el fin del mundo como un escenario de reposo y silencio, ya sea bajo la forma de una Nada quieta e inerte o como la paz y la calma dichosas de un Dios. Sospecho que, como lo que creemos "nosotros" (nuestro cuerpo humano) cesa de moverse al morir, nos es intuitivamente evidente que el Cosmos también lo hará en sus días finales. En realidad, el cuerpo muerto es un hervidero de vida en movimiento, pero no vemos esa cara. O no queremos verla, o nos repugna, quizás porque nos trae ante los ojos lo que sucede después de nosotros.

Pese a que nada, ningún ente, ningún acontecimiento, que sepamos, se ha extinguido jamás, sino que a lo sumo ha cambiado de estado, postulamos pequeñas extinciones sobre todos los fenómenos, que nos los vuelven comprensibles. Una de las leyes físicas que nos resultan más intuitivas es la de la entropía, aunque nadie, por definición, ha visto nunca a qué termina por conducir.  El cese definitivo de todo movimiento, el quebranto de toda estructura, lo damos por descontado; sin embargo, el principio de todos los principios nos es especialmente inasible. La teoría del Big Bang es mero cálculo, sin que nadie sea capaz de representarse mentalmente una explosión previa al espacio-tiempo: ni siquiera su nombre le hace justicia, pues al no haber espacio no pudo ser Big (‘grande’), y al no haberse propagado fuera de sí mismo no pudo ser Bang, esto es, una explosión. La hipótesis de un Dios que creó el mundo también pone frenos a la mente humana, al postular dogmáticamente que ese Creador no fue creado por nada ni nadie.

Ni la Gran Explosión sin tamaño ni explosión ni el Creador Increado resultan, para nuestro sentido común, más que paradojas que sólo la fe o las cifras pueden salvar, pues somos incapaces de representárnoslas. Como no vemos de dónde viene la vida pero sí en qué acaba, nos parece natural que todo termine por detenerse, pero nuestra imaginación se agota al intentar representarse cómo pudo empezar algo. Por eso, algunas tradiciones han creído salvífica la visión del cambio, de la fluidez, de la relación, de la eternidad sin comienzos ni finales, pero tampoco estamos seguros de que no sea la dificultad de concebirlas lo que les otorga un estatus tan elevado.

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