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Desde el día en que nacieron, la sociedad que las rodea les puso un lazo rosa, las llamó guapas y las convenció de que deben ser las más hermosas, cuidarse y dar importancia a su envoltorio.

Esta semana la indignación corre por las venas de más de una. Como ya sabrán, la dirección de la Fórmula 1 anunció este lunes que las azafatas de parrilla serán sustituidas esta temporada por niños. La idea es que estos Grid Kids —que es como se los denomina en el mundillo— sustituyan a las Grid Girls y sean además jóvenes promesas del automovilismo. Los niños que participarán en el ceremonial, motivados de lo lindo por estar al lado de sus “héroes”, serán pilotos de karts o de categorías júnior elegidos por sus clubes en relación a sus méritos o por sorteo. Lo que no ha aclarado la empresa organizadora de la competición es si piensa emplear niños y niñas o solo varones. Dato a tener en cuenta. Ante semejante despliegue de relevancia social, no ha faltado el debate en los mentideros mediáticos. Sin ir más lejos, cadenas como la prestigiosa BBC han dedicado muchos minutos de su programación a abordar el tema. Qué duda cabe de que estamos ante una de esas cuestiones cruciales que dentro de treinta años recrearán con voz en off en Cuéntame cómo pasó.

¿Machismo o pseudopuritanismo? Esto se preguntaba hace poco el diario ABC a propósito de la polémica. Curiosa la pregunta y curioso el medio que la pone sobre la mesa. Resulta que una azafata indignada ha publicado una carta en un periódico deportivo criticando la medida y arremetiendo contra la gestora de los Grandes Premios y contra la sociedad que ve en su profesión algo censurable. Para ella se trata de una labor como otra cualquiera, bien pagada y con mucho trabajo detrás. Incluso señala que en estos entornos están mucho más protegidas y seguras que ejerciendo de “imagen” para una discoteca de madrugada. En eso último, probablemente, nadie pueda contradecirla. Y es que en este país existen dos sentencias incontestables que se pueden emplear para justificar casi cualquier cosa y ante las que nadie suele osar replicar. A saber: “No juegues con mi pan” y “hacemos esto porque queremos”. Bajo esta premisa podríamos, por ejemplo, auspiciar la libre y voluntaria decisión de la venta de órganos. 

Según han publicado los medios, la decisión de la cúpula del motor eliminará el trabajo de más de mil mujeres cada temporada. Mujeres que, lógicamente, están cabreadas. Y no es para menos. Desde el día en que nacieron, la sociedad que las rodea les puso un lazo rosa, las llamó guapas y las convenció de que deben ser las más hermosas, cuidarse y dar importancia a su envoltorio. Y si pueden vivir de él pues mejor que mejor. Han crecido en una cotidianidad machista, en la que los hombres compiten por ser el mejor al volante y las mujeres sujetan el paraguas, les dan besos, les entregan flores y ponen sonrisa y escote generoso para la foto. Porque mientras ellos se suben al pódium, ellas se suben a los tacones. Paradójica representación del triunfo para cada género. Normal que hablen de hipocresía, de mentes sucias y de opciones vitales. Les cuesta entender que la compañía, precisamente para mejorar su imagen, haya decidido prescindir de aquellas a quienes hemos enseñado a vivir de la suya. Y no las culpo. Posiblemente, cuando subieron sus tacones al paddock, nadie las avisó de lo dura —y necesaria— que sería la caída.  

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