El pobre descanso

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

Una persona durmiendo boca abajo en la cama, en una imagen de archivo.
Una persona durmiendo boca abajo en la cama, en una imagen de archivo.

Como tantas otras cosas en la vida, el descanso ya no es lo que era. Tucídides dijo una vez que había que elegir entre descansar y ser libre. Si el filósofo ya lo planteaba así en siglo quinto antes de Cristo, imagínense lo jodida que está la cosa hoy en día. En estos tiempos, el descanso es un privilegio, algo que evocar en la mente cualquier tarde o noche de invierno —como antes— pero con bastantes más quebraderos de cabeza.

Los actuales ritmos de trabajo no permiten un descanso real; aunque los esclavos ya no reciban latigazos y repartan paquetes para Amazon. Ahora que nuestras jornadas se prolongan ad eternum a través de nuestro móvil, que nuestro correo electrónico es una extensión más de nuestro espíritu y que nuestros avatares permanecen despiertos las 24 horas, es más difícil que nunca tomarse un respiro.

Nos vendieron que seríamos nosotros, los jóvenes pero sobradamente preparados, los que íbamos a disfrutar de la vida. Nos contaron que si nos esforzábamos hincando los codos, siendo los primeros de la promoción y aprendiendo inglés, conseguiríamos triunfar en la vida. Nos dijeron que tras la carrera, el máster y el doctorado, no habría nada que se nos resistiera. Y nos mintieron.

Ahora resulta que casi cualquiera vive mejor que los que se han dejado las dioptrías en los apuntes. Y viven mejor porque descansan. No hay más que poner la tele para darse cuenta. Pero no hace falta llegar tan lejos; basta con compararse con alguien que pueda desconectar y dejar el trabajo en la mesa de la oficina. La competencia feroz por ascender o simplemente por seguir ahí, por no perder el sitio, nos vuelve hiperactivos a la fuerza. Y la principal víctima es el descanso, un descanso pobre y mal nutrido.

Ahora que no paramos de ver anuncios de cruceros y de playas paradisíacas, y que Facebook nos golpea con bofetadas constantes en forma de infames y soleadas fotografías de conocidos en el chiringuito pijotero de turno, algunos nos sentimos un poco idiotas. Tenemos la sensación de haber hecho algo mal si nuestro entorno no es tan idílico y sobre todo si el Gmail no nos deja vivir en modo relax.

Es posible que el descanso esté sobrevalorado y por eso haya que rellenarlo con aplicaciones móviles y personalidades virtuales que alimentar. No creo que una vulgar existencia sea capaz de estar a la altura del postureo digital posmoderno, especialmente con lo que exige hoy la dictadura del like.

El caso es que mantener las obligaciones laborales que se extienden más allá del período contractual acordado resulta agotador. Y visitar los suficientes museos, restaurantes, pubs y coctelerías como para que las redes sociales estén contentas, es extenuante. Ya sea por necesidad profesional o postural, la cuestión es trabajar.

A mi buen lector yo solo le deseo que logre descansar de verdad, que aproveche estos días para relajar mente, cuerpo y espíritu. Que cierre por vacaciones todos los yo virtuales y que se entregue al extraviado placer estival de mirar a los ojos. Hasta la vuelta, yo trataré de hacer lo mismo.



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