Un teléfono móvil, en una ilustración de Felipe Cardoso.
Un teléfono móvil, en una ilustración de Felipe Cardoso.

Hay quien dice que ser neurólogo es tener que responder recurrentemente, especialmente cuando te presentan, a un desconocido con ganas de parecer interesante, la siguiente pregunta: ¿Es verdad que solo usamos el 10% de nuestra capacidad cerebral? Y si se es un neurólogo sensato se daría, una y otra vez, la misma respuesta: “Podría ser verdad si supiéramos cual es el 100% de la capacidad del cerebro”. Pue eso mismo ocurre también con la categoría, tan imprecisa como sugerente, que vamos a usar: “semiculto”. Se podría definir con rigor si supiéramos en que consiste ser culto al cien por cien. Pero lo cierto es que no lo sabemos, ni podemos saberlo pues el todo; o no existe, o es solo el todo de una parte, o es incognoscible.

Pero aun pagado el precio de esta imprecisión conceptual creo que el concepto me resulta esclarecedor pues no define intuitivamente tanto un volumen de conocimientos o destrezas sino una actitud y sensibilidad moral ante la realidad. Por eso se suele calificar como “semiculto” a aquel individuo que desconoce mucho más de lo que cree desconocer, y por tanto le falta la humildad del inculto. Y que conoce mucho menos de lo que cree conocer y por tanto le falta la autoridad del sabio o del experto.

En muchos momentos y en muchos temas todos somos incultos y hay que ser muy “semiculto” para ignorarlo. Esta incultura radical es tan inevitable como nuestra condición mortal. Pero lo que sí está en nuestras manos es no ser, no adoptar, la actitud del semiculto con la diabólica combinación entre ignorancia y soberbia. Es cierto que Sócrates se paso de frenada cuando dijo aquello de “solo sé que no se nada”. Pues al menos sabía algo que no sabía, que es precisamente lo que no sabe el semiculto. Pero la actitud socrática es el mejor fármaco contra lo semicultos. Allá donde la mayéutica socrática florece desaparecen lo semicultos.

En un reciente estudio de dos psicólogos españoles sobre la actitud ante la seudociencias como la homeopatía publicado en la revista Healht Comunication, informan de hallazgos aparentemente sorprendentes como es el hecho de que los individuos más proclives a creer en los efectos terapéuticos de la homeopatía son aquellos que tienen un nivel más alto de formación académica y una actitud más crítica ante la medicina y la farmacopea convencional. ¿Sorpresa? Solo para los semicultos pues cualquiera sabe que entre las perversiones de la formación académica está el delirio de omnipotencia. Cuanto más culto crees que eres, más cerca estás de caer en la jaula de los semicultos.

Abundan entre los opinadores profesionales o entre los expertos que se vienen arriba con los chutes de popularidad mediática, pero su medio natural son las redes sociales, ahí son imbatibles como fabricantes o replicantes de memes maliciosos. En medio de la incertidumbre y angustia social los semicultos son especialmente peligrosos, el perfecto capitán a posteriori, que siempre sabía lo que iba a ocurrir pero nunca lo dijo antes que ocurriera y siempre saben por qué razón oculta ha ocurrido. En los momentos de estrés social, como el actual, les resulta más fácil que nunca colocar su mercancía fraudulenta.

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