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Cuando de niño pensaba en el Edén, allá donde fuesen puestos Adán y Eva, en mi mente se creaba la visión de un gran jardín. En esa escena idílica, los árboles se extendían hasta donde alcanzaba la vista y los animales saltaban felices sobre la hierba. El aire sabía a libertad y los primeros hombres convivían con las criaturas y respetaban el entorno, conscientes de que aquel era su hogar y el de sus hijos.

Una mañana de primavera, nuestra profesora interrumpió la clase para anunciarnos que habían programado una excursión, repartió los justificantes y comenzó a hablarnos de nuestro destino. La siguiente semana iríamos a ver bosques, marismas, dunas y animales salvajes: Todos los alumnos de sexto curso nos íbamos a Doñana. Aquel fue mi primer encuentro con el corazón natural de Andalucía. Un paraíso de valor incalculable que, según nos inculcaron, deberíamos defender a toda costa y conservar para las generaciones venideras. Hoy, al volver a casa, me enteré de que lo habían profanado, que las llamas y el humo lo estaban volviendo todo polvo y cenizas, que aquel Edén era ahora la antesala del infierno.

Mi amigo Raúl había publicado en Facebook un comentario que me atravesó el corazón como un puñal. Desde esa perspectiva todo quedaba más claro. Volvía a ser Caín quien, por codicia, se manchaba de nuevo las manos con la sangre de su hermano. Resulta que allá por el año 2014 quedó aprobada una Ley de Montes que permitía recalificar los bosques incendiados, siempre y cuando el Gobierno declarase el proyecto “de utilidad pública”. Un año más tarde, una gran multinacional, dedicada al mundo del gas, presentaba un ambicioso proyecto para instalar almacenes de gas en el Parque Nacional de Doñana. Proyecto que en sólo unos meses sería ratificado por el Gobierno como “de utilidad pública”. No creo que nadie crea que todo esto es una simple coincidencia.

Mañana iremos a trabajar como si nada hubiese pasado, miraremos el móvil o la tele, besaremos a nuestras parejas, maldeciremos entre dientes y poco a poco iremos olvidando. A eso nos han acostumbrado, a dejarnos azotar, a no hacer nada. Agacharemos la cabeza y nos empeñaremos en creer que las cosas pasan porque tienen que pasar. Mientras tanto los socios de Satán se seguirán llenando sus bolsillos, a costa de saquear ese paraíso que debíamos haber dejado en herencia a nuestros hijos y que ahora arde en llamas, por un puñado de dólares.

Quisiera seguir escribiendo pero no puedo porque siento verdaderas nauseas. No puedo soportar tanta vergüenza y no puedo explicarme cómo nuestros gobernantes, que deberían defendernos, venden el futuro de nuestros hijos como si fuese suyo. Es triste ver cómo el paraíso de mi infancia se convierte en humo, mientras los responsables se enriquecen, impunemente, alimentando con gas las llamas del infierno.

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